Exposición

Las huellas del tiempo

  • Hasta el 8 de enero permanecerá abierta al público la exposición 'Huellas' del pintor José Ruanco en el CIC El Pósito de Loja

'Aljibe' una de las fotografías expuestas

'Aljibe' una de las fotografías expuestas / J. A.

En 1826, el francés Nicéphore Niepce realizó la primera fotografía de la que se tiene noticia. El milagro se obtuvo gracias a la extrema sensibilidad a la luz de ciertas sustancias químicas, susceptibles de imprimir en sus mínimos detalles el mundo plantado ante el visor. El invento llevó a algunos a profetizar el fin de la pintura figurativa porque ningún pintor podía reproducir la realidad -así dijeron- con igual exactitud a la máquina fotográfica. Ignoraban que no se trataba de retratar el mundo con exactitud, sino con intensidad, y de que estas artes no combaten entre sí, se enriquecen, pues comparten una misma premisa: atrapar el tiempo en el espacio. De hecho, José Ruanco suele echarse a la calle armado con su cámara (o el teléfono móvil) y llevarse consigo algún instante atrapado en la memoria electrónica del artilugio; y ya en su estudio, trasladar al lienzo los trazos, los volúmenes y los colores que lo sorprendieron durante el paseo.

En la exposición Huellas, abierta al público en el CIC El Pósito de Loja, Ruanco ofrece una crónica de sus altos en el camino; un pequeño catálogo de hallazgos y perplejidades, en donde cobran forma distintos ejemplos de devastación, desde la casa abierta en canal por una excavadora hasta un embalaje de cartón a la intemperie, pasando por esa antología de rodadas en la tierra embarrada que pugna por convertirse en metáfora de nuestra existencia. La idea para dicha serie surgió durante una estancia en Italia y el descubrimiento de Venecia, inmersa en una de las agonías más desgarradoras y fotogénicas que quepa imaginar. Ruanco ha hablado a menudo de la belleza implícita en esta finitud. Así pues, las primeras huellas que quiso fijar en el lienzo, las más profundas, fueron la del paso del tiempo. En un dibujo a lápiz y carboncillo, Zaguán (2000) -la obra más antigua de la exposición-, tenemos una primera muestra de esta búsqueda. En la última, Silencio (2021), el artista contempla el deterioro de una tapia que rodea una casa abandonada a esas horas de la noche en que ya no pasa nadie por la calle.

En la muestra Ruanco ofrece una crónica de sus altos en el camino

Realmente, en ninguna de las obras expuestas vemos al ser humano. Vemos su impacto en el mundo, a veces benéfico -como en Estiércol (2014), en donde el artista se detiene (nos detiene) delante de un terreno abonado para la siembra-, a veces pernicioso-como en Tras la lluvia (2014), en el que una caja de cartón descabalada por la humedad tiene algo de jeroglífico-. Ruanco, excepcionalmente dotado para el paisaje, suele establecer vínculos íntimos, cuasi sagrados, con él; pienso en un delicado lienzo, Olivos y niebla (2013), impregnado de una sutil atmósfera onírica. Aunque seguramente la obra maestra de la exposición sea Aljibe. Vetustatis murmura (2013), un lienzo de ejecución impecable con un tratamiento delicado de la luz y el aire -sobre todo, el aire- que lo acerca a uno de sus autores predilectos: Velázquez. El artista singular destaca por poner ante nuestros ojos eso que teníamos delante y no veíamos. En esta Vetustatis murmura conviven lo viejo y lo nuevo, un contenedor de basura arrinconado en el hueco en sombras de un aljibe en el barrio del Albaicín.

Obviamente, en la obra de Ruanco también hallamos la huella de sus maestros. Sus referentes reconocidos son varios, variados: Tiziano, El Greco, Velázquez -sobre todo, Velázquez-, Rembrandt, Munch o Kokoschka, que tensan un arco temporal con un extremo en el Barroco y el otro en el Expresionismo. La síntesis perfecta de estas influencias contrapuestas, creo yo, puede verse en ese conjunto de lienzos que ilustran de manera más evidente y sugerente el título de la exposición; me refiero a Brecha, Charco, Escampada y Camino, todos ellos de 2014.

En estas cuatro obras se ven con absoluta nitidez los rastros dejados por diversos neumáticos en el barro, socavones llenos de agua después de la tormenta o las grietas abiertas en el terreno al cuartearse. Son obras eminentemente figurativas -de un gran realismo incluso- y al mismo tiempo obras cuasi abstractas, pues estos trazos precisos parecen expresar algo más inexpugnable e indefinible (o reacio a la definición), la realidad bajo la costra de la realidad, que es la esencia misma del arte abstracto.

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