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Un mito contemporáneo

Prusiana nacida en Baviera, Thea von Harbou firmó junto a su marido Fritz Lang algunos de los mejores guiones de los años de entre guerras, periodo que para el cine alemán señaló una edad de oro: Metrópolis (1926), La mujer en la Luna (1929), M, el vampiro de Düsseldorf (1931) o El testamento del doctor Mabuse (1933). Respecto a la primera obra citada, no siempre ha estado claro si fue la novela la que precedió al guión o a la inversa, pero parece que Thea von Harbou escribió antes el segundo y después lo convirtió en un relato autónomo. En todo caso, si la estética del filme se inscribe de lleno en el expresionismo, que alcanzó en Metrópolis una de sus cumbres, la novela no muestra un lenguaje tan moderno y de hecho remite -pese a los escenarios futuristas, curiosamente alternados con elementos góticos- a la tradición romántica: genios locos, príncipes compasivos, súbditos oprimidos y heroínas redentoras, cuyos parlamentos, aunque conmovedores, pecan de grandilocuencia.

El poderoso discurso visual de la película, llena de imágenes memorables que se convirtieron en iconos del siglo XX, se impone -y no del todo, dado que ya Buñuel, por ejemplo, censuraba la ampulosidad y el sentimentalismo de los personajes- a la carga melodramática de la trama, que en el texto aparece tal cual, sin interferencias. La novela, sin embargo, no carece de encanto, aunque está claro que no la leeríamos con el mismo interés si no existiera la versión cinematográfica. En cuanto al trasfondo ideológico de Metrópolis, la denuncia de los peligros alienadores de la mecanización no sigue, como en otras obras de anticipación, el modelo de interpretación marxista. Más bien parece inspirada por la creencia en los poderes casi taumatúrgicos que se derivarían de la aparición de un "mediador" -un caudillo o enviado de la providencia, pues la simbología cristiana, omnipresente, permite el paralelismo en clave mesiánica- capaz de lograr la armonía entre las elites y las clases trabajadoras, a las que se desaconseja (ay) intentarlo por su cuenta. No parece ocioso recordar que Thea von Harbou -al contrario que Lang, que emigró a Hollywood- acogió con entusiasmo el nacional-socialismo, cuyo ideario superador aparece aquí prefigurado en su versión más amable o engañosa.

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