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En olor de santidad

  • Eduardo Mendoza publica 'Tres vidas de santos', un libro de relatos cortos que significa un nuevo soplo de aire fresco en la literatura española por la exquisitez narrativa del autor y su mirada reflexiva

Después de más de tres décadas privilegiando la novela, Eduardo Mendoza nos sorprende con un libro de relatos (uno de ellos, en realidad, una novela corta) que confirma lo que sabíamos: para el narrador de pura cepa, la extensión no debiera suponer ningún problema. Debiera tratarse, así de simple, de una elección personal o de una opción profesional (en fin, la novela vende más), nunca de una imposibilidad. Al margen de tan espinosa cuestión, no obstante, lo importante es lo que hay. Y lo que hay es un libro reconfortante, como todos los de Mendoza, una bocanada de aire puro, siempre agradecido, y una muy seria invitación a tomarse a recochineo cuanto se ponga delante. Que como decía Pirandello, la vida es cosa de risa.

La primera historia, La ballena, está ambientada en aquella "España humillada, deprimida y dispuesta a hacer pagar sus frustraciones al más débil", inmejorable retrato de la España rojigualda del Generalísimo. Barcelona vuelve a ser un océano pródigo en prodigios entre cuyas aguas puede suceder de todo, como que un obispo llegado desde un ignoto estado latinoamericano con motivo del Congreso Eucarístico de 1952 -concedido por Pío XII a la ciudad en desagravio de "los sacrificios" padecidos durante la Cruzada franquista- se quede el buen hombre aislado allí porque una revolución ha puesto precio a su cabeza en su país y, así las cosas, el Vaticano no sabe bien qué hacer con él. La ballena nos introduce en el cosmos genuinamente mendoziano, hecho de gracejo, de contagiosa efervescencia, de lucidez mediterránea, tan humilde como discreta, y de una ternura que, en esta ocasión, alcanza unas cotas altísimas, como si puestos a narrar las peripecias de esta alma de cántaro el autor hubiera sentido un plus de pundonor.

El final de Dubslav nos lleva de Cataluña al Norte de África, un drástico cambio de escenario unido de un asimismo acusado cambio tonal. No falta el buen humor, empero coge ventaja la acritud. El santo en cuestión, aquí, es Dubslav, un tipo sin ninguna meta clara en la vida que viaja hasta un remoto rincón africano sin saber claramente lo que busca, ni si busca realmente algo. Allí recibe la noticia de la muerte de su madre y de la condecoración, irremediablemente póstuma, que ha recibido la susodicha por sus hallazgos en el campo de la oftalmología. Y lo que empieza siendo una especie de El corazón de las tinieblas despojado de trascendencia se convierte en una reflexión sobre el absurdo vital esencial. En el momento de recoger el premio en nombre de su madre, en Bruselas, Dubsalv confiesa o sentencia, quién sabría decirlo: "Soy un hombre absurdo. Fui concebido de un modo absurdo y criado de un modo absurdo y toda mi vida ha consistido en desarrollar y perfeccionar este absurdo".

El absurdo también está presente en el tercer relato, El malentendido, historia de un delincuente de poca monta enchironado que se inscribe en unos cursillos para así rebajar la pena y descubre, sin estruendo, la sorpresa (que no el milagro) de la literatura. Gracias a una profesora mediocre, el ladronzuelo se convierte en un gran escritor, un superventas para más inri, sujeto y objeto de sesudas tesis doctorales. El éxito no embotará sus sentidos, ni lo convertirá, como le ha ocurrido a muchos, en un semidiós de pacotilla. Al personaje le debemos unas preclaras palabras que servirían para elaborar la poética del propio Mendoza: "La literatura puede rescatar vidas sombrías y redimir actos terribles; inversamente, actos terribles y vidas degradadas pueden rescatar a la literatura insuflándole una vida que, de no poseerla, la convertiría en letra muerta". Otra muestra de una santidad entendida como devoción, entrega y sencillez.

En la liturgia cristiana, el tres es el número de la Divinidad. No es casualidad que sean tres las historias de estos supuestos santos, tres tipos mansos, bonachones, tres benditos que ni tienen lugar en el santoral ni falta que les hace.

Eduardo Mendoza, Editorial Seix Barral, Barcelona, 2009.

Sam Savage Editorial Seix Barral. Barcelona, 2009

Kenzaburo Oé Editorial Seix Barral. Barcelona, 2009.

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