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La oscuridad sin fin

La oscuridad sin fin La oscuridad sin fin

La oscuridad sin fin

No es la primera vez que traemos aquí a John Connolly y a su detective Charlie Parker. Y tampoco es la primera vez que subrayamos la extraña naturaleza de su empeño. Si, por un lado, no parece dudoso que las novelas de Connolly deben adscribirse al género negro; también es cierto que dicha negritud es una negritud sobrenatural, de carácter insondable. Otra peculiaridad de la escritura del irlandés, a mitad de camino entre el Viejo y el vuevo Mundo, es que dicha itinerancia también se evidencia en su obra. Pero no sólo porque Connolly haya escogido los parajes de una Norteamérica despoblada para situar sus dramas cósmicos. El desplazamiento de Connolly alcanza, de manera obvia, a sus linaje literario: en estas obras de terror metafísico, formulados como "hard boiled", nos encontramos ante la huella de Stephen King. Y antes de King, de Lovecraft. Y antes de Lovecraft, del terror sureño de Ambrose Bierce, que ha inspirado recientemente la serie True detective.

Lo difícil en Connolly es, pues, mantener un extraño equilibrio entre los diálogos de género y la inventiva sobrenatural que parece recurrir al viejo manantial de los arquetipos jungianos. Quiere decirse que el terror que practica Connolly no es el terror, digamos católico, de sus paisanos Stoker y Le Fanu, sino una suerte de pavor ancestral, veterotestamentario, de carácter geológico, que está más cerca de los miedos "preternaturales" de Lovecraft que de la precisa imaginería europea. De alguna manera, Connolly está mas cerca de la ardiente figuración del Génesis, del Génesis que alienta en Faulkner, y de la severidad protestante del Nuevo Mundo, donde sin embargo existe (irlandés al cabo), la posibilidad de Redención.

Una última acotación nos llevaría a Chesterton. Dice Chesterton que el crimen, que la marca de Caín es simpre individual. Y que cuando se convierte en una franquicia, tipo conspiración mundial, pierde cualquier sentido. En Connolly hay algo de esto. Pero es cierto, de igual modo, que son el Bien y el Mal (qué Bien y qué Mal es otro asunto), quienes se agitan en este vórtice de sangre.

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