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En el país más libre

  • Greil Marcus propone una nueva ruta, personal y caprichosa, por los vastos territorios del rock & roll

Greil Marcus. Trad. Silvia Guiu y Begoña Martínez. Contra. Barcelona, 2014. 272 páginas. 19,90 euros

A la espera de que se escriba una Historia del Rock y las Nostalgias (no personales, sino institucionales) tenemos al menos las extraordinarias 30 primeras páginas de la introducción de Greil Marcus a su último ensayo musicoliterario, La historia del rock & roll en diez canciones. Título que sólo cabe entender como irónico y con el que el autor de Mystery Train, Rastros de carmín: Una historia secreta del siglo XX o Like a Rolling Stone: Bob Dylan en la encrucijada viene a recordarnos que esas obras que pretenden fijar un recorrido concluyente y definitivo por el inabarcable territorio del rock y aledaños, ya pretendan hacerlo por medio de 10 o de 1.001 canciones, no sólo constituyen una empresa absurda sino que además, en el fondo, responden únicamente a la intención de complacer a quienes coleccionan playlists supuestamente irreprochables como quien se aficiona a la taxidermia y acaba por incomodarse ante los animales en movimiento.

No deja de ser curioso que Marcus, que suele ser acusado (a veces con razón) de frío y excesivamente cerebral, dedique esas primeras páginas al motor que mantiene viva una pasión: el hallazgo, la sorpresa, lo inesperado. "Existen industrias intelectuales -escribe- consagradas a demostrar que no hay nada nuevo bajo el sol, que todo viene de algo (de tal modo que nunca puede saberse cuándo una cosa se convierte en otra). Sin embargo, justo cuando parece algo salido de ninguna parte, cuando una obra de arte acarrea consigo la emoción de la invención, o del descubrimiento, es cuando vale la pena escucharla".

Y así, después de mandar a paseo los "iconos sin vida", las jerarquías familiares, las que todos conocemos más allá del grado de exploración con el que cada uno se acerque a la música -"la historia oficial y estándar del rock & roll es verdad, pero no es toda la verdad. No es para nada la verdad"-, y después de transparentar los tramposos mecanismos de la nostalgia en un arte, el que nos llega vía grabación discográfica, inevitablemente mediatizado por su dimensión industrial -"¿y si tus recuerdos no son tuyos, sino que más bien han sido secuestrados por otra historia, colonizados por una memoria cultural mayor?"-, Marcus propone un recorrido personal y caprichoso, con su habitual búsqueda de ecos y afinidades entre obras de épocas y estéticas distintas e incluso aparentemente dispares, por "el único país libre del mundo", que así llamó al rock & roll el guitarrista de los Flamin' Groovies Cyril Jordan.

Marcus, indudablemente un crítico de rock de la vieja escuela -de hecho él mismo fue uno de los Padres Fundadores de la misma como institución intelectualmente adulta-, incurre a veces en contradicciones: también él, en realidad, sucumbe casi en todo momento a cierta nostalgia, aunque al menos esa nostalgia es plenamente suya. Sigue cautivando, en todo caso, su manera de experimentar la música dejando a un lado "la cronología" (y rehusando por tanto la visión del arte como una supuesta progresión lógica, hacia no se sabe muy bien qué por otro lado) y fijando toda su atención en los "redescubrimientos de un espíritu concreto" a lo largo del tiempo: de nuevo el rock, en fin, como una clase de verdad poética, más que como un sonido o una serie de pautas o fórmulas tácitas.

El libro anuncia diez canciones, y ahí están: Shake Some Action (Flamin' Groovies), Transmission (Joy Division), In the Still of the Night (The Five Satins, The Spades), All I Could Do Was Cry (Etta James, Beyoncé), Crying, Waiting, Hoping (Buddy Holly, The Beatles); Money (That's What I Want) (Barret Strong); Money Changes Everything (The Brains, Cyndi Lauper); This Magic Moment (Lou Reed); Guitar Drag (Christian Marclay); To Know Him is To Love Him (Phil Spector/Teddy Bears, Amy Winehouse). Y ahí están, con el rare track que supone la incursión de la mano de Joy Division en el rabioso existencialismo británico del post-punk, donde se le ve un tanto fuera de lugar.

Pero el libro no es eso. En el libro, con Marcus especialmente desatado (casi) en modo random, están esas diez; pero con ellas también hay un "paréntesis instrumental" dedicado al blues del Delta casi como barro bíblico del Estados Unidos contemporáneo (uno de sus temas predilectos) y muchísimas otras canciones, además de reflexiones sobre el cine de Cronenberg, o sobre el uso diabólicamente inteligente, sutil y ambiguo de It's Alright, Ma (I'm Only Bleeding) de Dylan en una escena de Los Soprano, o sobre la falsificación de la música negra que representa la "estatua de sí misma" que es Beyoncé, cuya música, contemplada desde la moral sobre la que se fundó la música negra, es ya no "mala", sino directamente "una forma de blasfemia"...

Marcus es un intelectual, y hasta el gozo fulminante que puede llegar a producir una línea de bajo hipnótica, las pizpiretas armonías vocales de un girl group de los 50 o un riff de guitarra eléctrica cortante y enfebrecido lo pasa él por su inacabable malla de referencias de la élite universitaria post-68. En este libro están de nuevo, por supuesto, esos pasajes tan característicos en los que describe alguna canción casi nota-a-nota-verso-a-verso que tanto incordian a los seguidores de la escuela visceral (como si el rock & roll, por otro lado, fuera únicamente un grito surgido en las calles, de la nada); puede, sí, que no sea el mejor libro de Marcus -y no, no lo es-, pero en sus momentos de inspiración el viejo tótem de la erudición rock sigue contando como nadie el alma estadounidense, es decir, una parte crucial de la cultura universal del siglo XX, que resuena de manera incomparablemente viva, libre y elocuente en el rock & roll.

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