Crítica de Cine

El parto interminable

Rachel Nichols, en una escena de la película de Miguel Ángel Vivas. Rachel Nichols, en una escena de la película de Miguel Ángel Vivas.

Rachel Nichols, en una escena de la película de Miguel Ángel Vivas. / g.h.

El cuarto largometraje de Miguel Ángel Vivas prosigue ese camino de despersonalización y mimesis del cine de género internacional emprendido con sus películas anteriores (Reflejos, Secuestrados, Extinción), ahora rehaciendo la cinta francesa À L'intérieur (2007, Bustillo y Maury), para convertir aquel delirio excesivo, metafórico y gore sobre el miedo a la maternidad en un producto de terror más bien convencional en el que lo explícito, los homenajes y una escritura dramática poco afortunada (con Jaume Balagueró en los créditos) echan por tierra la potencia expresiva malsana y simbólica del original.

Un trágico accidente de tráfico da paso al encierro como marco para una clásica estructura de acoso y supervivencia entre una madre viuda embarazada y una acosadora misteriosa (Laura Harring, en el papel que interpretara la mucho más inquietante Béatrice Dalle) que asume estilemas del terror de sustos y golpes de efecto para pasar pronto a una escalada de violencia y desvaríos (la llegada de la madre y el amigo a la casa son dignas de un estudiante de primero de guión) que Vivas aprovecha para hacer sus guiños al Kubrick de El resplandor, al Hithcock de La ventana indiscreta, el Scorsese de El cabo del miedo o el Demme de El silencio de los corderos en un estiradísimo tour de force que disuelve la lectura del filme en clave de metáfora sobre el sufrimiento del parto para llevarlo al terreno de la lucha entre el bien y el mal o, si me apuran, entre dos madres heridas y animalizadas.

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