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El pez vuelve a sus aguas

58 Festival de Música y Danza. Músicos: Marina Heredia, Jaime Heredia 'El Parrón', Manolo Osuna (cante); Miguel Ochando, Luis Mariano, José Quevedo 'El Bola' (guitarra); Jara Heredia, (baile); Reyes Martín, Anabel Ribera, Toñi Nogaredo (coros y palmas), Josefina Ramírez (recitadora). Lugar: Abadía del Sacromonte. Aforo: lleno. Fecha: Domingo, 5 de julio de 2009.

Marina Heredia tenía una espina desde el pasado Festival, cuando actuó con Amina Alaoui en el Patio de los Aljibes de la Alhambra, que supuestamente se ha arrancado a dentelladas. Vuelve a sus aguas, vuelve al río del flamenco puro, vuelve a la cuna del Sacromonte. Con espectáculo propio, Cancionero del Sacromonte, y con la seguridad de haber triunfado en la mayoría de los escenarios, la granadina propone dar una pincelada más a una historia que nos resulta algo repetida, aunque con un brillo propio.

Destaquemos como luces indiscutibles las tres guitarras de Miguel Ochando, Luis Mariano y José Quevedo 'El Bola' que, en conjunto o por separado, componen el sonido imprescindible del agua y de la brisa granadinas.

Aplaudamos sin discusión el bronce profundo de Jaime Heredia con su debla y martinete y con la seguiriya tan añeja como auténtica quebrada como el rayo por el toque vanguardista, rico en graves, del maestro Quevedo. Y su soleá, verdadero estandarte del sonido sacromontano. Inclinémonos, con todo respeto, por el rescate de un Manolo Osuna, mermado de facultades a sus ¿85 años?, pero con el sabor contundente que nunca lo abandonó (volveremos a verlo el martes, 28, en el Corral del Carbón). Y, cómo no, nuestro espaldarazo más sincero a Marina Heredia, verdadera embajadora, por derecho, de los cantes de nuestra tierra.

Algunas sombras, en cambio, recorrieron la noche. Más en la primera parte que en la segunda. Un homenaje póstumo a Mario Benedetti abre y cierra el concierto. Marina recita y canta a pelo El olvido, inclinándose sobre su historia y sus mayores, sus ancestros.

Los cantes de fragua, solemnes, espermáticos, concentran el origen de un todo. Josefina Ramírez, más histriónica de lo deseado, recita El grito de García Lorca, antes de que empiece la fiesta en forma de zambra, visiblemente desmedida.

El sonido no contenta a todos, aunque justo, en algunos rincones se diluye. No llego a comprender la simplicidad del baile hacia el fondo del escenario; no llego a comprender la preeminencia de las guitarras y los jaleos; no llego a comprender la forzada puesta en escena y los caracoles en la frente. Teatrillo que se repite en la saeta con velos negros y las diapositivas. Un recital tiene que estar ambientado, pero no es necesario vestirse de minero para cantar tarantas, por ejemplo. La cueva es un toque por granaínas de Miguel Ochando, con el que no había más remedio que quitarse el sombrero, aunque enturbiado por la voz de la recitadora forzando los versos de Federico. Las saetas y los cantes religiosos de El Parrón y Marina son inmejorables y ese precioso remate de la Salve gitana, apuntando por tangos a cuatro voces.

Ochando ocupa las tablas y rellena el ambiente de nuevo con su fragmento de La vida breve, de Manuel de Falla y la Bulería del Albayzín de Ángel Barrios, marcando el ecuador del concierto y dando paso a la parte más conseguida, llamada Venta Zoraida. Hasta aquí, el juego de luces ha sido un disloque, pobre y confuso.

Abre la Venta el de Osuna cantando fandangos con Ochando a la guitarra. Marina es grande en las granaínas de Tía Marina Habichuela, arropada con el toque exclusivo del guitarrista Luis Mariano. Las seguiriyas de Jaime, ya comentadas, preceden a una rueda de soleares, donde guitarristas y tocaores se alternan, para acabar con los tangos de La Penca, verdadero himno que suena incesante en la cueva y en las fiestas. El soniquete de las guitarras es maravilloso.

Se cierra la noche como empezó, con un quejío en el yunque y la canción de El olvido, una canción que queda, simplemente, para no olvidar.

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