Opinión| Bernardo Palomo

La política cultural, esa gran desconocida

  • No es norma que la Cultura sea algo prioritario para nuestros dirigentes políticos

La política cultural, esa gran desconocida La política cultural,   esa gran desconocida

La política cultural, esa gran desconocida / Archivo

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El otro día, en toda España, se constituyeron los Ayuntamientos. Tras unos días de rocambolescas situaciones, de absurdas búsquedas de matrimonios interesados, de conveniencias pagadas y de camas redondas para amores efímeros, de escasa validez y dudosas trascendencias, hoy ya todo debe volver a su adecuado cauce.

En estos días en los que todos se ofrecen a todos, en los que se truecan concejalías por diputaciones, alcaldías por consejerías y hasta presidencias autonómicas por simples delegaciones de pedanías; después de que sus ilustrísimos y excelentísimos alcaldes hayan asido con fuerza el bastón de mando, hayan jurado, prometido o no sé qué realidad jurídica por imposición legal, por gloria eterna a la república –alguno sin saber lo más mínimo de ella y de sus circunstancias sociales– o al jefe de lobatos de un grupo scouts y hayan hecho saber sus buenas intenciones y su trabajo a tiempo completo –o lo que sea– por el bien de los ciudadanos.

En estos momentos en los que la realidad debe volver a los pueblos y ciudades de España, es hora de que nuestros representantes elegidos y elevados a la categoría de munícipes gracias a los pactos imposibles y a los convenios espurios, se vuelque a trabajar por el bien de todos.

En este sentido quiero hacer una pequeña reflexión sobre los intereses culturales de los que rigen nuestras ciudades. No es norma habitual que la cultura sea objetivo prioritario para la mayoría de nuestros dirigentes –sálvese el que puede y todos tomen conciencia del nombre de Paco de la Torre en el Ayuntamiento de Málaga–. Es más, estamos hartos de comprobar cómo lo cultural es la hermana pobre de todo.

Conozco concejales y hasta alcaldes que nunca han entrado en una sala de exposiciones. Puedo hasta citar nombres. Representantes ciudadanos que no saben dónde están los espacios expositivos. Sé de uno de los mejores centros que uno puede imaginar para la presentación de cualquier tipo de muestra artística que lleva cerrado varios años por la falta de recursos mentales de los que están en el ayuntamiento donde se encuentra tan especial recinto.

La alcaldesa del pueblo donde vivo, una de las ciudades con más habitantes de Andalucía, sólo ha asistido, en cuatro años, a una exposición, ni siquiera a las que se presentaban en las salas dependientes del Ayuntamiento que ella gobierna.

Centros de Arte que fueron construidos con mucho esfuerzo, con mucha ilusión y que durante un tiempo funcionaron con bastante éxito y con propuestas entusiastas dirigidas a todos los ciudadanos, son casi abandonados o vacíos de contenido cuando otro gobernante de signo distinto al que lo creó mandase en el gobierno municipal. Programaciones culturales de entidad y manifiesta trascendencia dejaron de ser apoyadas por considerarse erróneamente propias de una élite cultural, en aras de un populismo absurdo, desfasado y fuera de toda lógica.

Es hora, cuando comienza un nuevo tiempo político y ciudadano, que nuestros gobernantes se den cuenta –como ha sucedido en algún ayuntamiento cercano con ediles con luces– que la Cultura es un arma cargada de futuro, de presente y de las mejores circunstancias. La cultura es cara sólo si no existe.

Una ciudad llena de muchos y buenos proyectos culturales siempre estará a la cabeza de todo. Aunque muchos de nuestros políticos –de nuevo, entono aquello de “sálvese el que pueda”– se caracterizan por tener menos tejas que un cine de verano, que decía mi abuela, la realidad es la que es y la Cultura ofrece infinitas vías de hacer grande una ciudad.

Desde hoy se debe apostar descaradamente por los más amplios y ambiciosos sistemas culturales. Los conciertos de todo tipo, el acercamiento a todos los ciudadanos del gran cine de siempre, el teatro eterno y los más novedosos episodios escénicos han de llegar, sin solución de continuidad, desde la escuela, a una inmensa mayoría. El amplísimo organigrama artístico, incluido las creaciones más novedosas, deben ser inmediatas al pueblo.

Los políticos con múltiples preocupaciones, con problemas de peso en su deambular cotidiano y arduo trabajo en torno a las complejidades del día a día ciudadano, deben encontrar las formas para que la Cultura y sus infinitas circunstancias estén entre sus prioridades. Si así lo hicieran no estarán nada más que cumpliendo con su obligación de buscar el bien de todos.

Si, por el contrario, fueran tan burdos e inconscientes, que no lo hicieran, los ciudadanos, la historia se lo tendrían en cuenta eternamente y lo harían patente para escarnio de sus conciencias.

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