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El proveedor de fuego

En la primera versión de Encender una hoguera (1902), London se sirve de la alegoría para reprobar el orgullo humano ante la inhóspita grandeza de los elementos; en la segunda (1908), acude a un frío naturalismo y prescinde, por tanto, del subrayado enfático y de la moraleja. En su epílogo, Juan Cárdenas nos recuerda que London participó, no sólo del ideario socialista, sino del vago racismo de aquella hora, trufado de evolucionismo, así como de la vigorizante estética del super-hombre auspiciada por Nietzsche. El super-hombre socialista quizá lo pintaran Diego Rivera en el City College de San Francisco y Aleksandr Deineka en el metro de Moscú. El super-hombre de London, sin embargo, es ya un titán exhausto. Cuando las nieves del norte lo acorralen, su altiva indiferencia le servirá de sudario.

Esta pose prometeica, el hombre contra los elementos, atraviesa el XIX romántico y se infiltra en las vastas ideologías del XX. Ideologías de las que London es, en buena parte, representante y heredero. En el primer relato, el protagonista viaja solo y se salva de las nieves tras comprender la amarga lección: las extremidades heladas y contusas le han hecho saber que es necesaria la ayuda, la colaboración, el esfuerzo solidario con el otro. En la versión más tardía, el hombre se ha hecho acompañar por un perro. Ahí, la inteligencia canina se mostrará más eficaz, más sensata que la orgullosa obstinación del expedicionario. El hombre, pues, morirá por una boba pertinacia, injuriado por la soledad y el frío. No obstante, London quizá sea injusto con el perro. El perro, muy intelectualizado, actúa como un observador reflejo, sumiso a los errores del protagonista, y en cualquier caso, demasiado humano. Cuando el hombre muere, incapaz de encender una hoguera, el hermoso animal de las nieves marchará sin más a un campamento próximo, en busca de otros "proveedores de fuego". Lo cual refuta, en cierto modo, el sentido último del relato. Un relato -el de la segunda versión- de una rara y absorbente, de una aterrada belleza.

Jack London. Traducción y epílogo, Juan Cárdenas. Periférica. Cáceres, 2013. 80 páginas. 11,50 euros

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