Crítica de Cine

La trastienda de las gestas históricas

Ryan Gosling preparándose para su misión espacial. Ryan Gosling preparándose para su misión espacial.

Ryan Gosling preparándose para su misión espacial. / g.h.

Damien Chazelle es un tipo con más suerte que talento. No es que este le falte, pero su suerte es siempre mayor. O tal vez es que su talento sea crear películas con suerte, con una capacidad para gustar, tener éxito y recibir premios siempre superior a sus méritos objetivos. Tonto, desde luego, no es. La interesante pero efectista Wiplash que dio la fama fue resultado de una estrategia minuciosamente calculada: lanzó un cortometraje cebo al festival Sundance donde fue premiado, lo que le valió poder hallar la financiación para convertirla en un largometraje multipremiado. Después vino La La Land -un copia y pega digno de la tesis o el máster de un político español- que le valió aún más premios, entre ellos varios Oscar.

Con El primer hombre demuestra mayores cualidades al enfrentarse al desafío de filmar la cotidianidad y los sentimientos comunes ocultos tras una gesta histórica. Se sirve del primer viaje a la Luna, desde su preparación a su culminación, para contar sobre todo lo más íntimo y trágico, lo menos épico o espectacular y más aparentemente anti heroico: el contraste entre la vida íntima de Neil Armstrong, sacudida por la peor tragedia que pueda herir a una familia, y su vida profesional en la NASA. Lo que remite a la tradición del cine americano que, en vez de mitificarlos, humaniza a sus héroes. No sé si Chazelle ha visto o no Escrito bajo el sol (1957) de John Ford -biografía del aviador Frank Spig Wead-, pero en sus mejores momentos (que desafortunadamente no son tantos) El primer hombre me la ha recordado.

El contraste entre la lucha por la conquista del espacio culminada por la llegada de Armstrong a la Luna y la lucha por hallar un cierto equilibrio emocional -aunque solo sea el de ser capaz de transmitir emociones- tras la tragedia familiar es la baza principal de esta película. Entre ambas se tensa una contradicción: ¿cómo tan poderosa ciencia, que logra poner al hombre en la Luna, se ve frenada e impotente ante la muerte? Se le puede reprochar a Chazelle que bordee la explotación impúdica de la enfermedad y el dolor para lograr este contraste. Pero el sufrimiento y su superación son, tanto en los entrenamientos y el claustrofóbico vuelo espacial como en la vida doméstica, el núcleo de la película. Y aún se le pueden hacer dos reproches más graves: su frialdad, pese a la acumulación de dramas y sacrificios, y la interpretación de Ryan Gosling, que no logra dar al personaje la profundidad humana necesaria.

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