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El último Morente

  • En unos días se presentarán los actos del memorial dedicado al granadino coincidiendo con la edición en disco doble del último concierto del genial cantaor en el Teatro del Liceo

El próximo martes se presentará Morente+Morente, el memorial del cantaor granadino, en el que intervendrán primeras figuras de la escena, la música, la literatura y las artes plásticas y, por supuesto, el flamenco, sumando más de 50 artistas en el Teatro Español, el Circo Price y otros espacios escénicos de Madrid y Granada. Se trata de un magno tributo al genio granadino promovido por Aurora Carbonell y organizado por Juan Verdú y Enrique Calabuig en el que colaboran el Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid, la SGAE, la AIE, el Ayuntamiento de Granada, el Teatro Isabel la Católica, la Fundación Cruzcampo y la discográfica Universal, además de los teatros citados. Coincide dicha presentación con esta edición discográfica del último recital de Enrique Morente. El concierto se celebró el 24 de septiembre de 2010 en el Teatro del Liceu de Barcelona y se ofrece tal cual en esta grabación, sin adiciones posteriores.

Es el último Morente. Están los poemas de siempre de Lorca o Alberti y los nuevos de Picasso o Rafael Inglada. Están los coros de Ángel Gabarre, Antonio Carbonell y Enrique Morente hijo. Las guitarras de David Cerreduela y Mario Montoya. La batería de Eric Jiménez, la percusión del Bandolero y el baile de Popo. Y la voz, la voz joven, potente, febril y enamorada, rota y directa de Enrique Morente. El entusiasmo de los tangos de Morente, género que renovó y recreó. La fiesta morentiana eran los tangos del Sacromonte. Integró de manera natural la palabra de su paisano Federico García Lorca en su música, hasta el punto de que el estribillo de La saeta suena con una frescura impresionante. Esa era una de las grandes facultades de Morente, saber qué música, en el universo de las músicas, había en un determinado texto, escrito en otro contexto, diez, cien o mil años antes de ser musicado. No sólo los tangos, también la caña es una fiesta. Un prodigio de afinación y musicalidad. La naturalidad del discurrir de esta obra sin conciencia de objeto sonoro permanente, concebida como un acontecimiento efímero, es la voz de Morente que conseguía que en su crisol Juan de la Cruz, Antonio Chacón y Picasso fueran contemporáneos, nuestros contemporáneos. Y, ¿cuál es el secreto de esta voz? La emoción. La conciencia de que el flamenco es un repertorio que crearon nuestros abuelos para expresar sus dolores, como esta caña, como aquella soleá, y los gozos de los tangos.

David Cerreduela se arroja en la tradición de su paisano Ramón Montoya, por malagueñas, pero en seguida introduce una modulación que trae hasta hoy mismo, mañana, la música de Montoya. Y la salía de Morente es un ejemplo de clasicismo bien entendido, porque Chacón sirve para ser Morente y Morente nos sirve para ser nosotros: los tres sufrimos la pena de este abandono, la pérdida de las esperanzas que evoca esta malagueña. Más allá de la música, más allá de la calidez de esta voz, más allá de la ira y la melancolía unidas en esta melodía, están los hombres y mujeres de carne y hueso. No se puede cantar mejor por malagueñas y el secreto es desnudarse, descubrirse, desolarse para acercarse al otro, el espectador, el oyente, el cómplice. Nosotros que, gracias a la oportuna grabadora de Carlos Martos, estuvimos allí, estamos allí, estaremos. De la desolación arrogante, orgullosa, de Chacón, a la turbia melancolía franca, casi llanto, de La Trini. Y luego, en la misma línea, de una tacada, los abandolaos: Pérez de Guzmán morosos, fandangos del Albaicín y Frasquito Yerbabuena, viriles, con la guitarra de Cerreduela espoleando la voz. Doce minutos y medio de cantes del oriente andaluz, esa forma de ser flamencos contemplativa, solar y categórica. Y, en medio de toda esta tradición flamenca, remozada, el lorquiano Poema del joven con música original de Morente en la línea de los cantes malagueños de que se nutre. Una explosión de vitalidad jonda.

Morente canta y cuenta: se acuerda del niño que fue viendo a los cabezudos de las fiestas de la Mercé en la Rambla. Explica algunos cantes, aquellos que parecen más difíciles. Y es que, a sus años, Morente sigue experimentando con su instrumento, con su voz. Compases y silencios es otro ejemplo más de su quehacer, de cómo el legado tradicional puede ser llevado a otro lugar, que es el mismo de siempre, el de las emociones de la melancolía, pero también a los nuevos textos de Picasso y a las nuevas percusiones de Eric Jiménez. Y muestra una amplitud de tesitura realmente sorprendente en este tema. La tradición tiene aquí el valor del escanciado del tiempo, igual que la novedad lo tiene en la facultad de arrojar nueva luz sobre los objetos cotidianos. Pero ambos están en función estricta de la emoción. Los tientos con los poemas de Rafael Inglada, Picasso y Lorca exigen, pues, una nueva melodía que firma Morente para el mensaje de la incomunicación entre los seres humanos. Son unos tientos demorados, donde los sentimientos brotan de una manera natural, sin esfuerzos aparentes, sí con la conciencia de la melodía y el texto, pero sin deseo de epatar. El carisma de este cantaor consiste en saber que el secreto del carisma es indescifrable, que no sabemos por qué nos atrapa, por qué nos seduce y nos conmueve. Por qué nos enamora. No sabemos porque nos conmueve, pero sabemos que nos conmueve.

Adiós Málaga, como reza su título, es una despedida. La despedida de Picasso de Málaga, la despedida de Morente, el adiós de una edad dorada del cante malagueño, del cante. Con textos del propio cantaor, y en su propia voz: "la emigración, el exilio". Autoelegía y declaración de principios: el cante, el flamenco, como bandera. Una forma de ser, de estar en el mundo. El disco es una segunda versión de Pablo de Málaga, la última obra de estudio del cantaor, con momentos tan terribles e intensos como la soleá trianera de Autorretrato o la seguiriya Guernirak. Sin salirse, en este caso, un ápice de la tradición.

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