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El último Strauss, en la sesión inaugural

  • Las 'Cuatro últimas canciones' abren un certamen que comienza lleno de recuerdos, tras la muerte de Frühbeck

Rafael Frühbeck de Burgos, como decía en el comentario que le dediqué el pasado día 12, con motivo de su muerte, nos tenía acostumbrados en el Festival a programar, no sólo obras de repertorio, sino partituras inéditas en el certamen, caso de Atlántida, el estreno en España de la Octava sinfonía, de Mahler, la primera vez que se interpretó en Carlos V Carmina Burana, además de numerosas partituras encargadas. En el programa que había previsto para celebrar su ochenta cumpleaños figuraba otra obra que, pese a ser tan conocida desde que Furtwängler la estrenó en 1950, después de la muerte de Richard Strauss, no recuerdo haberla escuchado en el Palacio de Carlos V. Me refiero a las Cuatro últimas canciones (Vier Letzte Lieder, op. 150), un bellísimo y emocionado canto de cisne no sólo del romanticismo, sino del compositor que a los 84 años, cuando comenzó a escribirlas, era consciente de que acababa su vida y, sobre todo, una era de la música, como elemento capaz de recrear la belleza, los sentimientos más íntimos, aunque estuviesen llenos de contrastes -la sensual pasión de Salomé o de Electra, o la obsesión por el final de las cosas, reflejado en el poema sinfónico Muerte y Transfiguración, por ejemplo-, pero que nada tenían que ver con la ruptura que significaban las vanguardias que venían pidiendo paso de Alban Berg, Schöenberg, Webern y, sobre todo, la irrupción de La consagración de la Primavera, de Stravinski que consideraba a Richard Strauss como un signo decadente de una época superada que se resistía a retirarse, aferrada a un posromanticismo que bebió en las fuentes de Liszt y Wagner.

Ahora, cuando el mundo celebra el 150 aniversario del nacimiento del compositor alemán -que en el Festival hubiese merecido mayor protagonismo-, la obra de Richard Strauss, como toda creación inmortal, sigue teniendo absoluta vigencia y emocionando a los públicos, por su poderosa técnica orquestal, estructurada de forma magistral, abundante, suntuosa, pletórica de elementos sonoros, con dificultades salvadas siempre con un deslumbramiento arrebatador; por su intimismo en el apartado del lied, por su fuerza operística o por el rigor que impone a su concepción filosófica, partiendo de Nietzche, en la mayoría de sus poemas sinfónicos. El mundo de la música ha olvidado que fue designado Presidente de la Cámara de Música, del III Reich, que se dejó agasajar por el régimen nazi o que aceptó dirigir óperas de Wagner en Bayreuth, entonces un templo que estaba vedado a los judíos, donde se resaltaban, precisamente, los ideales musicales del nazismo alemán, aunque también fuera vetado por los jerarcas por sus relaciones familiares, por aspectos puntuales de su obra o por declaraciones sobre lo absurdo de tantas muertes. Fue declarado por Hitler persona no grata.

Sin embargo, las coyunturales y puntuales circunstancias políticas no tienen nada que ver -ni siquiera a Wagner que fue tomado de modelo- con su obra, universal en todos los sentidos. Vivió dos crueles guerras, estuvo en medio de atrocidades y dramas humanos y nacionales. Pero Strauss fue el último romántico que supo traducir los ideales de belleza, amor y pasiones del ser humano de todos los tiempos, sentimientos que los creadores tienen obligación de transmitirlos con el lenguaje de su época y su propia personalidad.

Por eso podemos concebir sus Vier Letzten Lieder, como el canto de cisne -compuso algunos esbozos posteriores-, de un hombre, muy cerca del final de su vida, y de una forma de hacer música. Un ciclo que se cierra desde el doble perfil humano e histórico. El 27 de abril de 1948 -murió el 8 de septiembre de 1949- acabó de componer Im Abendrot (A la luz del atardecer), sobre un poema de Eichndorf. Poco después vendría los tres lieder sobre poemas de Herman Hesse, Früling (Primavera), Beim Schlafengen (Al acostarse) y September (Septiembre). Fue su editor Ernts Roth quién los ordenó en el contexto actual como ciclo y modificó el título del último: Primavera, Septiembre, Al irme a dormir y En el ocaso.

Aunque el último se escribiera antes que los tres restantes no cabe duda que todos dan idea de ese postrero aliento del final presentido. De ahí su dramatismo y belleza. La opulenta y fastuosa orquesta de Strauss envuelve a la voz de la soprano que, dolorida, pero resignada, ve pasar el tiempo como el que ve pasar un paisaje por sus ojos y su alma por última vez. Es una prueba difícil para un director y una cantante. Desde que Furtwängler los estrenó en Londres en 1950, las mejores batutas y voces se han enfrentado a estos emocionantes poemas musicales. La discografía es riquísima. Esta noche tendremos ocasión de escucharlas en Carlos V, con la batuta de Jesús López Cobos, otro director admirado en el Festival y en Granada -su carrera musical comenzó en esta ciudad y en estas sesiones hemos gozado de versiones admirables de grandes obras sinfónicas-, la Danish National Symphony Orchestra y la voz de Juanita Lascarro. De la intensidad evocadora de la velada de esta noche, completada con la Sinfonía fantástica, de Berlioz, daré cuenta en la crítica de pasado mañana.

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