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Sobre las vampiresas

carmilla

Joseph Sheridan Le Fanu. Prólogo de Luis Alberto de Cuenca. Trad. Emilio Olcina. Alianza. Madrid, 2016. 152 páginas. 9,20 euros

No es fácil imaginar, en estas noches de verano, la adusta amenaza del vampiro. Y en menor grado, si es la sombra seductora y pálida de una vampiresa quien viene a arrebatarnos el ánima pecadora. El Nosferatu es una floración inverniza, hija de la niebla, y como tal debe conjurarse a esta criatura del septentrión. Aun así, siempre es grato saludar una nueva edición de la Carmilla de Sheridan Le Fanu. En este caso, una edición espléndidamente prologada por Luis Alberto de Cuenca, y que nos recuerda el carácter anómalo, la naturaleza augural, de esta vampira de Le Fanu, toda vez que fue el vampiro de Stoker quien colonizó el imaginario del XX, orillando la variada y fértil imaginería vampírica legada por el XVIII y el XIX.

De hecho, uno está tentado de decir que, en la hora romántica, hubo más vampiresas que vampiros, y que fue la feliz invención de Stoker (irlandés como Le Fanu) lo que inclinó la balanza hacia el orbe, más umbrío y virulento, de lo masculino. Vampiresa fue La novia de Corinto de herr Goethe, La muerta enamorada de Gautier y la Olalla de Stevenson. Y son vampiras quienes protagonizan el Vampirismo de Hoffmann, La vampira de Féval, La guarida del gusano blanco de Stoker y el Manuscrito encontrado en Zaragoza del conde Potocki.

Cuánto hay en esto de tributo a la mitología o de formulación estética es algo que no sabríamos decir. Y sin embargo, queda claro que la Carmilla de Le Fanu responde a una imagen de la mujer, extendida ya desde finales del XVIII, que tendría un enorme éxito en el arte de entresiglos. Me refiero a la mujer fatal, sexuada y violenta, que triunfa con la Salomé de Wilde y Gustave Moreau, que nos sobrecoge en La vampira de Munch y que adquiere un gesto mundano con Las diabólicas de Barbey. En esa moderna hendidura, donde erotismo y pecado se confunden, es donde hay que situar esta magnífica obra de terror, cuyo inquietud, como ya hemos dicho, participa de esas fuerzas que en breve asediarán al hombre contemporáneo, de la mano del psicoanálisis. En buena medida, esta Carmilla de ficción es el hermoso heraldo literario, el cuño metafísico, de una dolencia terrestre.

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