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Para ver con los ojos bien abiertos

  • El reciente estreno de la película 'Origen' ha puesto de nuevo de actualidad al cineasta Christopher Nolan, uno de los cineastas más estimulantes aparecidos en los últimos años

El protagonista de Memento (2000), el film que puso a Christopher Nolan en el mapa cinematográfico, sufre un mal atroz: la pérdida de memoria a corto plazo. A los pocos minutos, Leonard (Guy Pearce) olvida por completo lo vivido. El trauma por el asesinato de su esposa quizás esté en la raíz de esta anomalía; la muerte de ella, en cualquier caso, es un recuerdo perenne y la venganza, la única razón de su existencia. Durante la investigación, Leonard combate la amnesia sacando fotos de personas, lugares y cosas, tomando continuas notas, tatuándose datos sobre la piel para no perderlos. No obstante, está claro que el personaje es incapaz de interpretar correctamente dicha información y la sospecha se aviva. No debemos descartar que él sea el responsable de la muerte de su mujer; el olvido sería la respuesta del subconsciente a los sentimientos de culpa.

En Memento, la historia de venganza es una huida adelante narrada, literalmente, hacia atrás. La suma de secuencias, en vez de avanzar, nos hará retroceder en busca de un desenlace que está al principio. Esta subversión del relato, que cuenta con algún precedente cinematográfico, también literario, alcanza un virtuosismo excepcional en manos de Christopher Nolan, pero yerra quien la considere un simple ardid para deslumbrar al respetable. Este audaz dispositivo permite desenmascarar las motivaciones reales de los personajes y cuestionar la confianza del público en ciertas convenciones narrativas. La ficción no es la realidad, sino una interesada reconstrucción de la realidad.

La trama exige un permanente estado de alerta, obliga al espectador a cuestionarse qué está viendo y lo expone a los beneficiosos efluvios de la duda. En el caso de Christopher Nolan, no basta con asistir a la proyección del film: nos toca recoger y ordenar las piezas del puzzle; hay que participar si queremos hallarle un sentido.

El truco final (El prestigio) (2006) también es, pero de otra manera, un rompecabezas. Todo gira en torno a un despiadado duelo de magos en la Inglaterra victoriana, Angier (Hugh Jackman) y Borden (Christian Bale).

La muerte accidental de la esposa del primero durante un espectáculo de magia los convierte en enemigos acérrimos, pero si la venganza parecía ser una vez más la fuerza motriz del relato, no tardamos en descubrir otras razones latentes: la obsesión de ambos magos es el aplauso, la fama y la gloria, y no dudarán en arriesgar la propia vida y la de los demás para conseguirlo.

El laberinto narrativo se traza mediante la yuxtaposición de diferentes tiempos, lugares y acciones visualizados por unos flash-backs ordenados de manera no cronológica. Al igual que en los juegos de magia, el montaje escamotea cierta información, pero no se trata exactamente de un engaño, aunque en este contexto la mentira sea tan importante como la verdad.

Si la realidad no es suficiente, la fantasía deviene una necesidad primaria. No obstante, la suspensión de la credulidad no es tarea sencilla; el artificio tiene que ser de una perfección tal que el espectador se contente con "creer".

Para conseguir que la paloma se volatilice en el aire y luego brote de sus manos, el mago está obligado a vivir para su arte y perpetuar entre bastidores la ilusión creada encima del escenario. Nolan plantea interesantes nexos entre la magia y la ficción: el cineasta muestra al espectador las artes y las artimañas de sus personajes para ganarse su confianza y realizar un acto de prestidigitación aún mayor: una trama rizada de giros inverosímiles que el público, al repasar la película en la moviola de la memoria, debe dar por buenos. El desorden narrativo de El truco final responde al empeño de dejar al descubierto los mecanismos de la ficción, pero al mismo tiempo forma parte de las filigranas previas a la transformación del bastón en ramo de flores.

Ahora, Christopher Nolan ha estrenado Origen (2010), una historia ambientada en un futuro desapacible en la que llevaba trabajando diez años. Esta vez, la simiente de los títulos anteriores, la memoria y la ilusión, arraiga en los vastos campos del sueño. El protagonista, Cobb (Leonardo DiCaprio), es un extractor, un espía, un individuo especializado en robar información del cerebro de sus víctimas mientras duermen, lo que lo constriñe a moverse entre recuerdos y deseos ajenos, entre las proyecciones de esas remembranzas y esos anhelos escondidos en la mente.

Al igual que los protagonistas de Memento o El truco final, el de Origen arrastra el trauma de la desaparición temprana y violenta de la esposa, con una diferencia: ella se suicidó, pero los hechos lo presentan a él como culpable. A veces, la realidad sabe a poco, decíamos, otras es injusta, y en nuestros sueños cabe paliar esta parquedad, hacer justicia. En su pensamiento, Cobb ha mantenido viva a la esposa muerta y la proyección de ella se introduce en los dédalos imaginarios que él transita haciendo aún más complicado su trabajo.

Cobb acepta un desafío, no la extracción, sino la introducción de ideas en el cerebro del heredero de un emporio industrial. Cobb y su equipo diseñan un complejo plan: invadir el sueño de aquél, provocar un sueño dentro del sueño y, luego, un tercer sueño dentro del último para así llegar a los niveles más profundos del subconsciente.

El 'efecto puzzle' se consigue gracias a la superposición de los varios planos de la acción y la duda vuelve a entrarnos por los ojos. Lo que vemos, ¿es vida o sueño? Al mezclar ambos, realidad y deseo, no nos está permitido distraernos so pena de perder uno de los hilos del relato. La entrega se compensa. Al implicarnos, convertimos la película en experiencia y Origen, téngase en cuenta, es una fuente abundosa de sugerencias, sorpresas y aciertos. La trama ilustra de manera directa una verdad (las ideas son más fuertes que la acción) y de manera indirecta otra (lo realmente peligroso es la falta de ellas).

Añadamos una última verdad como broche para este artículo: la imaginación es cuestión de inteligencia.

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