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Una visión revisada del Mesías

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Programa: 'El Mesías', oratorio en tres partes de George Frederick Haendel.Orquesta Ciudad de Granada. Director: Martin Nagashima. Coro de la Orquesta Ciudad de Granada. Lluis Vilamajó (director titular). Solistas: Philippa Boyle (soprano), Angharad Lyddon (alto), Diego Blázquez (tenor) e Ismael Arróniz (bajo). Lugar y fecha: Auditorio Manuel de Falla, 12 y 13 de diciembre de 2014.

La Orquesta Ciudad de Granada y su coro interpretó bajo la dirección de Martin Nagashima el oratorio El Mesías de George Frederick Haendel, un anticipo de la Navidad que ya es habitual en nuestra ciudad. Si bien este año hemos echado de menos la participación de los coros amateurs cantando en la sala, la interpretación en solitario del Coro de la OCG nos ha brindado la oportunidad de darnos cuenta cuán buena y solvente es esta formación, así como del buen empaste que existe entre coro y orquesta.

No es fácil enfrentarse al Mesías, quizás el oratorio más conocido e interpretado de la historia. Tradicionalmente ligado a la Navidad, este oratorio de Haendel contiene una carga semántica que va más allá de la felicidad de esta festividad, pues en sí es un resumen del sacrificio de Cristo y la salvación de la humanidad en toda su dimensión teológica. Musicalmente hablando, podemos decir que es también una de las cumbres del género oratorio, si bien la particular interpretación de Haendel, que mezcla la tradición protestante centroeuropea con el estilo operístico italiano, la convierten en un deleite para los sentidos y el intelecto.

La dirección del Mesías de Martin Nagashima ha sido como una brisa de aire fresco en una tradición interpretativa larga y de gran diversidad. Nagashima concibió la obra desde una óptica menos escolástica y más purista, tratando de rescatar las sonoridades y los tempi que debieron pertenecerle en su origen. Así, redujo a nuestra OCG a una textura de orquesta barroca, estableciendo una acertada dinámica de terrazas y calibrando la sonoridad de cuerdas y vientos para buscar una tímbrica desnuda de todo efectismo; el obligado apoyo del clave en el bajo continuo y la contención de sonido completaron su visión. Con todo, el resultado resultó sumamente agradable, pese a no ser el oratorio brillante y sonoro al que se nos tiene acostumbrados; como muestra, la sencilla Pifa pastoral de la primera sección se convirtió en un regalo precioso de sonoridades delicadas. Con esta búsqueda de autenticidad y coherencia artística Martin Nagashima demostró la ductilidad de nuestra orquesta y su bondad interpretativa, que puestas al servicio de un proyecto coherente dan como resultado una magnífica interpretación. Tan sólo se le podría achacar un exceso de contención en el tempo al inicio de la obertura, o en el coro Behold the Lamb of God que inicia la primera parte, que perdió todo efecto ante un metro tan largo.

Sin duda, el gran protagonista de la noche fue el Coro de la OCG, nuestro coro. La capacidad de adaptación a la visión de Nagashima y el buen oficio que le caracteriza se hicieron presentes en una interpretación memorable por muchos aspectos. Primeramente, hay que mencionar el empaste entre las voces que la formación ha adquirido desde que Lluis Vilamajó se hizo cargo de su dirección; indudablemente, Vilamajó ha apostado por crear un sonido propio, una conciencia de la música como un todo al que cada voz pertenece indisolublemente, y en la que la armonía natural de los sonidos se muestra en su más puro esplendor. Por otra parte, es de reseñar la mayor ductilidad y precisión que está adquiriendo la formación en las agilidades y en la correcta pronunciación del texto, tan importante para comprender una obra tan colosal. Finalmente, fue evidente el reconocimiento del público ante un trabajo bien hecho; no en vano Haendel deposita en la partitura coral buena parte del peso de su oratorio, y el Coro de la OCG supo hacer gala de su profesionalidad con una sonoridad siempre presente y equilibrada de gran belleza.

El cuarteto solista estuvo formado por cuatro voces de considerable valía, si bien hubo que lamentar cierta descompensación de estilo ante las necesidades de la obra. Sin lugar a dudas destacó por su belleza tímbrica y precisión técnica la contralto Angharad Lyddon, que nos dejó maravillados con cada una de sus intervenciones. No es fácil afrontar la parte de alto del Mesías, concebida para una voz de contratenor en muchos casos; se requiere una amplia tesitura, con presencia en las notas graves y ligereza en las agudas, algo que Angharad Lyddon demostró dominar.

Desde su aria inicial O thou that tellest good tidings to Zion, su voz fue clara y bien modulada, con una riqueza de armónicos de gran belleza y con la agilidad y ligereza necesarias para este oratorio. También fue acertada la elección de Diego Blázquez para las partes de tenor; un timbre bien colocado pero sin demasiada cobertura, unido una voz natural y precisa muy adecuada para el estilo de la obra caracterizaron su interpretación, que tuvo su momento cumbre con el arioso Behold and see. Por otra parte, las voces extremas, aun siendo de gran fuerza y belleza, estuvieron algo fuera de estilo, enfatizando en exceso una música que no requiere gran desarrollo vocal, sino más bien claridad y una modulación más suave de la sonoridad. Aún así, cabe destacar el dúo del bajo Ismael Arróniz con la trompeta solista en The trumpet shall sound, cargado de fuerza y brillantez.

Con todos estos elementos, la interpretación del Mesías de Martin Nagashima resultó diferente y renovada, quizás no tan espectacular como la de otros años, pero en cualquier caso cargada de bellos momentos de gran sutileza interpretativa. La expresividad y júbilo del Amen final todavía resuena en nuestros oídos, recordándonos que es una suerte contar en Granada con un coro y una orquesta como los nuestros.

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