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La voz que hechizó a Granada

  • Desde su presentación en 1963 en el Festival, se convirtió en la figura de referencia de los grandes momentos del certamen

Imagen de la artista en su visita al Festival en junio de 1963. Imagen de la artista en su visita al Festival en junio de 1963.

Imagen de la artista en su visita al Festival en junio de 1963. / xxx

La muerte de Montserrat Caballé, la soprano más internacional de la música española, sucesora de las grandes voces de todos los tiempos, desde María Callas, hace obligatorio recordar su presencia en el Festival Internacional de Música y Danza de Granada, en el que han participado las mejores figuras del panorama lírico: Victoria de los Ángeles, Jessey Norman, Teresa Berganza, Josep Carreras, Alfredo Kraus, Plácido Domingo -que actuó una sola vez en una antología de la Zarzuela que trajo Tamayo-, entre otros importantes artistas nacionales e internacionales.

Su presentación en el Festival fue el 30 de junio de 1963, año y medio después que lo hiciera en un escenario español, el Liceo de Barcelona. En aquella presentación descubrió el público granadino y el crítico a la voz más internacional de la lírica española. Y lo hizo, hechizado por la belleza y personalidad de una estrella que sería, con toda justeza, la mejor embajadora de la interpretación vocal de las grandes obras universales, los lieder, las canciones populares españolas y todo lo que era capaz de recrear sus cualidades y su talento.

El crítico ha tenido ocasión de comentar en los momentos que se ha programado en el Festival, esas cualidades de todos los aficionados al bel canto conocidas, pero, como siempre, prefiere recoger al pie de la letra lo que escribió en su día, sobre todo en aquella primera crítica que 'descubría' el portento caudal de la cantante catalana, como documento de primera mano. Bien es verdad que, huérfanos como estamos de teatro de la ópera, sólo hemos podido subrayar su voz en el formato de recital, lamentando -sí personalmente escuchados en otros escenarios- sus personajes e interpretaciones del amplio repertorio que dominaba del teatro lírico. Pero aquella tarde-noche del 30 de junio de 1963 será difícil de olvidar. Escribí el 2 de julio en 'Ideal' una crónica de su actuación en el Palacio de Carlos V -aunque el recital estaba programado en el Patio de los Arrayanes, las inseguridades atmosféricas hicieron trasladarlo al Palacio- en la que , entre otras cosas, decía: "Hace tiempo que no han sonado aplausos tan sinceros, tan entusiasmados y tan densos como los que a forma de ovación se oyeron en la tarde del domingo. Y es que Montserrat Caballé es una auténtica figura de calidades internacionales. En primer lugar, su voz, de matices y modulaciones sorprendentes, de calidades muy íntimas y de aplastante sugerencia. Esas condiciones naturales se amplían por una auténtica sensibilidad muy femenina, muy recatada y de absoluta intimidad, que deja paso desde el acariciante fraseo expresivo, hasta un dramatismo auténtico y hondo. Esas cualidades la hicieron triunfar en los recios lieder de Schubert y Strauss, y después en la aterciopelada atmósfera de Debussy y en el pintoresquismo sutil de Granados o la reciedumbre de Manuel de Falla".

Continué la crítica señalando que "sus cualidades dramáticas tuvieron apoteosis en Schubert… La energía, los velados sentimientos, la emoción, la tristeza, la alegría forman un retablo que para Schubert es una facilidad de su mejor mundo ideológico. Sonidos lentos, profundos, meditativos de An die Musik o solemnidad e intención en Die Junge Nonne o Ungeduld. A través de Schubert, el talento dramático de Montserrat Caballé ha brillado con inusitada fuerza y sentido de la emoción".

Aquél memorable recital -con Miguel Zanetti al piano, que se completaba con Ricardo Strauss, las Canciones amatorias de Granados, y tres momentos de las Canciones populares de Falla, entre ellas una intimista e inimitable Nana nos dejó hechizados a todos y le hicimos regalar infinidad de piezas, pese a lo avanzado de la noche.

Descubríamos una voz que tantas veces volveríamos a escuchar en el Festival. En julio de 1981 nos volvió a deslumbrar en otro recital -con caída incluida- con el amplio abanico de su voz, lejos de cualquier exhibición gratuita. En el 84 interpretó magistralmente el papel de Salud, en la versión de concierto de La Vida breve, dirigida por López Cobos, con la Orquesta y Coros Nacionales y la colaboración del guitarrista Carmelo Martínez y el cantaor Gabriel Moreno. En junio del 88 nos quedamos con las ganas de escucharla en un fragmento, programado, de Tristán e Isolda que con la Pilharmonia Orchestra, dirigida por Esa-Pekka Salonen -conjunto y director que han cerrado este año el Festival-. iba a interpretar, pero al negarse el director al ensayo "por falta de tiempo" no fue posible. Protestamos todos, pero nos aplacamos escuchándola en la escena final de Salomé de Ricardo Strauss. Sólo quince minutos pudimos disfrutar de su arte.

Finalizaré este breve recuerdo del paso de Caballé por el Festival por otra velada, en el mismo año, intimista de dos artistas catalanas, Alicia Larrocha y Montserrat, interpretando a otro catalán fallecido recientemente, aquél año 88, Federico Mompou. Decía en la crítica del 21 de junio: "No era momento ni programa para lucimientos espectaculares, pero sí para mostrar el regalo de esa voz tan dúctil, dominadora, sensitiva, tan sugerente en los registros opacos".

Termino con este recuerdo a una voz que nos regaló, aquella noche, una vez más, su arte exquisito en estas páginas delicadas donde el matiz, el cuidado y la expresión son elementos imprescindibles para extraer toda la íntima belleza. No tuvimos la majestuosidad de los grandes momentos operísticos que ella ha bordado, pero nos queda el recuerdo de la voz más bella y cálida que hemos tenido en España y en el mundo en estas décadas prodigiosas. Y un añadido: que el Festival se hace inolvidable cuando las grandes figuras nos hechizan en las noches -antes, también en los atardeceres- de Granada.

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