Medio mundo admirando las florentinas intrigas llegadas de Dinamarca con Borgen cuando aquí tenemos unos duelos a garrotazos, pinturas negras de la actualidad, que superan a cualquier ficción. Hermanos que nos toman por primos, princesas airadas, asesores con gabardinas.

A La Sexta, la cadena de los megatiburones y pirañacondas de los sábados, y que cada día invoca fantasmas y ectoplasmas reaccionarios, no le hacen falta muchas series ni seres mosntruosos. Cuando la política española se pone en serio, por derecho, con navajas que brillan, que se quiten todos los godzillas, los daneses y las claires. House of cards nació inquietantemente sutil en el Reino Unido, terminó siendo una borrachera en el Capitolio con Netflix y en los tres vértices madrileños del PP la han convertido en una película de Eloy de la Iglesia.

...Y La Sexta seguía ahí. Con el piloto encendido. La ventaja de tener el plató siempre calientito, con los focos puestos. Si no al rojo vivo, como poco en el botón número 3 de la vitro. El PP no sabe hacer televisión, hemos repetido tantas veces por aquí y a la vista está en sus autonómicas, pero fabrica programas para el enemigo como pocos.

Si no fuera porque esos políticos que salen por la tele al final tienen que gestionar nuestro futuro la política retransmitida por Ferreras sería una dramedia mucho más divertida de lo que hay por cualquier plataforma. Es cierto que a veces hay que aguardar semanas en las que el tono parece ser repetitivo, como si no pasara nada, como hacen los guionistas que llevan la inercia en punto muerto. Pero de inmediato salta el chispazo, el taponazo del volcán, crac, y la tele empieza a contar realidades que habría escrito un hábil ingeniero de la ficción. Con más políticos como los nuestros no harian falta realities nunca más. Y hay que tener talento y aguante para salir a este ruedo y salir indemne con el bolsillo lleno y la cara medio partida. Borgen, si se mira bien, es sólo un juego de niños repipis.

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