Nos aproximamos al reducido, pero intenso, periodo de vértigo electoral de 2019. Con el arsenal dialéctico para las generales ya desplegado y con el de autonómicas y las municipales preparado, los candidatos a las europeas tendrán que buscar el hueco por donde colarse en los debates sobre temas locales. Les resultará difícil competir con las otras campañas y con la más que probable alta tensión electoral posterior al 28A. Al ser España una única circunscripción electoral, la mayoría de ellos son desconocidos para el votante, que además sabe que en estas elecciones no se decide quien mandará verdaderamente en Europa. Pese a todo ello, es indudable que el nuevo Parlamento Europeo se ha de enfrentar a un periodo crítico para el futuro de Europa.

La agenda de asuntos cotidianos viene cargada con los mismos temas de siempre, aunque todos ellos de la máxima importancia para Andalucía (PAC, Política Regional, Iniciativa de Empleo Juvenil, etcétera), pero la de asuntos estratégicos se presenta repleta de temas que demandan respuestas urgentes, pero sobre los que no siempre existe un criterio compartido.

Las alternativas son no hacer nada, lo que obligaría a nuestros gobernantes a explicar al ciudadano el sentido que en estos momentos tiene la existencia de la Unión Europea, o coger el toro por los cuernos y afrontar las cuatro grandes amenazas que, de un tiempo a esta parte, erosionan gravemente los frágiles pilares de la Unión.

La primera amenaza proviene del amigo americano y exige una postura común y precisa en varios frentes, pero sobre todo en dos. Por un lado, una estrategia común de defensa, obviamente en el marco de la OTAN y seguramente con la participación plena del Reino Unido, al margen de cómo se resuelva el Brexit, pero activando definitivamente un mando coordinado y el acuerdo de defensa mutua. Por otro, una renovación de la política comercial contemplando protocolos de represalia frente a iniciativas agresivas con los intereses europeos, persecución de las estrategias de evasión fiscal en el acceso a los mercados europeos y de prácticas restrictivas de la competencia por aprovechamiento de posición dominante e implantación de la preferencia europea en sectores estratégicos, como ocurre en otros países.

La segunda amenaza tiene que ver con la ciberseguridad y la interferencia en los procesos electorales, incluida la financiación extranjera de partidos políticos, además de acabar con la difusión de mensajes contrarios a los valores europeos (xenófobos, racistas, violentos, etcétera) a través de redes sociales.

En tercer lugar, la amenaza sobre la sostenibilidad del sistema de bienestar y la agenda social, que necesariamente debe incluir una política migratoria europea, con la participación de todos los miembros en una política común de asilo, y una estrategia europea contra el cambio climático y por la seguridad alimentaria.

Por último, los populismos y la ausencia de escrúpulos para manipular la opinión pública con falsedades dirigidas a los más vulnerables. El Brexit es el mejor ejemplo y pone a los europeos en la tesitura de elegir entre avanzar en el proyecto, es decir, más Europa, o no hacer nada y permitir su defunción.

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