Análisis

francisco andrés gallardo

Jackson

El visionado del documental sobre los abusos sexuales de Michael Jackson, Leaving Neverland, no es de esos contenidos para pasar el rato o contemplar entre interferencias y comentarios en otras pantallas. Requiere concentración e incluso intimidad, porque son bastantes minutos en un confesionario incómodo (por momentos reiterativo) de una crudeza (a veces burda) que se entiende que habrá impresioado aún más en Estados Unidos.

No porque existieran tantas sospechas en el aire, con absoluciones y silencios pagados a tocateja, deja de avasallar la calmada narración de dos de aquellos niños que compartieron días de convivencia con el llamado Rey del Pop, un depredador de carne fresca. Wade Robson y James Safechuck son dos de aquellos menores obnubilados con los lujos que ponía a su alcance su amigo célebre que entre manipulaciones atrapaba a las familias para que fueran también cómplices, por ocultación o por inconsciencia premeditada, de lo que realmente sucedía en la cama del rancho Neverland.

Aquellos niños son dos taciturnos adultos que tienen un grave pesar larvado no sólo por las humillaciones sufridas sino también por la actitud de sus familiares. La frontera entre verdugos y sacrificados se retuerce ante una desconcertante estrella que decía sentirse niño porque en su momento le habían arrebatado la infancia.

Diez años después de su fallecimiento el documental-aguijón de cuatro horas de la HBO (y que en nuestro país también emite Movistar +) viene a colocar en su vitrina sucia a una figura ya decadente cuando entró en el tobogán de autodestrucción. Las denuncias de las dos víctimas vienen a elevarse entre las trampas judiciales y los laberintos de los abogados que vinieron a maquillar lo que fue una realidad repugnante. Aceptar la figura de Michael Jackson como la concebíamos hasta ahora ya no es posible. Cuesta incluso reconocer sus indudables méritos artísticos. Ni el paso del tiempo desvanecerá esta insufrible vergüenza colectiva.

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