Gafas de cerca

Tacho Rufino

jirufino@grupojoly.com

Neolibertarios

La palabra neoliberal como arma arrojadiza parece estar muy manida: el caso es que liberales, hay. Pero bien pocosEl 'neocón' muta en gladiador de la libertad: de la suya propia, sobre todo

Toda moda acaba por desparecer; o bien no es moda. Sucede con el término neoliberal, que tuvo un auge descosido entre la izquierda ya desde finales del XX, convirtiéndose en un arma arrojadiza, el perejil de todos los discursos y descalificaciones de vocación progresista (que, a su vez, se reducía a progre desde la otra esquina, con equivalente afán descalificador). Este uso de la palabra choca con su noble origen de política económica, donde el neoliberalismo o neoclasicismo de economistas como Menger, Jevons o Walras nada tenía de lacayo técnico de las grandes corporaciones, y sí de sesudo, o sea, ajeno a los rifirrafes epidérmicos. Y es que, en verdad, los neoliberales contemporáneos lo que defienden es la minimización del Estado en asuntos fiscales: los impuestos son anatema para ellos y la jibarización de las políticas sociales. Son en este país nuestro más bien neocons, conservadores de disimulada ortodoxia religiosa, defensores acérrimos de la buena familia, normalmente bien patrimonializada: poco que ver con el liberalismo, más allá de los propios intereses de libertad. Los llamados neoliberales por sus oponentes socialistas y comunistas prefieren autodenominarse liberales, sin más. Aunque, en contra de ese otro bello adjetivo, no pocos viven del Estado: de sus hospitales a unas malas, del colegio concertado, de las becas para sus hijos, de las subvenciones agrarias, de las deducciones fiscales... ahí no ven intervencionismo del prescindible Estado.

En España, "sólo es la clase media quien no depende de subsidios ni favores del Estado". La frase es de Manuel Pizarro en El Español, hace unos días. Pizarro fue presidente de Endesa, y arribó de ministro a la política con el PP de Aznar, para fracasar en el Parlamento y en el Gabinete: el axioma neocón de que quien asciende al parnaso empresarial será mucho mejor gestor público que un buen político es algo más que discutible, al menos nunca probado empíricamente como para elevar tal mantra a categoría creíble. En la entrevista, el sanguíneo y de fuerte apariencia soberbia Manuel Pizarro soltó un estándar del liberalismo: "Prefiero ser yo quien decida qué hacer con mi dinero; me ha costado mucho ganarlo". A este aserto, dos cosas. Primera, su preferencia no es ni más ni menos que un repudio esencial de los impuestos y, segunda, ésta adolece de un olvido de los millones de personas que trabajan más duro que nadie por salarios de supervivencia, esto es, gente que como mínimo ha trabajado tan duro como Pizarro. Y es por la desigualdad por lo que los humanos -de la mano del cristianismo- creamos el artefacto tributario que rige de una manera u otra en todos los países del planeta. Un neocón o liberal fullero dirá que prefiere el mérito, el esfuerzo, la creación de riqueza... y buenos contactos y contratos públicos. La percepción selectiva es también una cosa muy humana.

En decadencia ya la pedrada verbal que dice neoliberal, podemos proponer un término más del primer tercio del XXI: neolibertario. Pero qué va, acabo de bichear en internet, y el término ya existía como un sinónimo de contraeconómico. Sin embargo, nuestra propuesta alude mucho menos a un anarquista de raza de hoy que a un pepitogrillo antiestatal y conspiranoico a quien todo control público resulta totalitario, castrador de la libertad, mano negra de manual. Le daremos más vueltas al neologismo -ya acuñado, pero valga-, pero he visto a allegados que no llegan a fin de mes alzarse en armas internéticas contra la voluntad del Gobierno -y casi todos los de la UE- de controlar el consumo de energía o agua de cada casa: les escandaliza a estos neolibertarios que nos reporten en la factura -respetando el anonimato- lo que gastan otras personas o familias comparables a ti o a la tuya.

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