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Análisis

Joaquín Aurioles

Pedagogía (propaganda) europea

La cercanía de las elecciones europeas suele venir acompañada de la demanda de un mayor esfuerzo de pedagogía. Se trata de movilizar al votante, cuyo tradicional desinterés tiene probablemente que ver con la percepción de que estos comicios tienen una trascendencia limitada sobre sus intereses inmediatos. No estamos eligiendo a los que de verdad van a mandar en Europa, ni a los que marquen el ritmo o el camino por el que debe discurrir el proyecto, que seguirán siendo los jefes de Estado y de Gobierno representados en el Consejo Europeo.

En cualquier caso, el conocimiento de las instituciones europeas es limitado y esto es algo que convendría corregir, lo que, traducido al lenguaje corriente, debe entenderse como una demanda de más propaganda. Las campañas informativas sobre Europa se caracterizan por la exaltación de las virtudes del proyecto europeo y la importancia de sus instituciones, pero también por la ausencia de crítica sobre las cosas que se hacen mal. La realidad, sin embargo, es que la Unión Europea y el euro son dos magníficos proyectos, por ambiciosos y pioneros, cuya gestión ha estado, hasta ahora, plagada de errores.

Existen fallos de diseño, pero también de gestión. Especialmente, en materia económica, a pesar del reducido margen de maniobra de la Comisión, como acreditan los casos de incumplimiento de pactos y de gestión fiscal imprudente por parte de algunos gobiernos. Otra cosa bien diferente es el Banco Central Europeo, donde los errores, relativamente frecuentes a lo largo de su corta historia, suelen permanecer ocultos a la opinión pública, a pesar de su enorme trascendencia.

Quizás, el más conocido fue cuando en plena crisis, en octubre de 2008, llevó el tipo de interés al máximo histórico (4,75%), aunque hubo otros más lamentables. Bastante peor fue el disparatado mapa de tipos de tipos de interés y primas de riesgo (en España llegó a rondar los 600 puntos) que existía en 2011, cuando Trichet, un presidente nefasto, era relevado por Draghi en el BCE. Aunque no de forma explícita, el nuevo presidente aterrizó recordando que los tipos de interés no se deciden en ningún mercado, sino que lo hacen los bancos centrales y que el desbarajuste existente en aquel momento era sencillamente inadmisible.

El desorden se fue corrigiendo poco a poco y los diferentes países pudieron financiar sus programas de reformas y preparar el camino para la recuperación que se iniciaría unos años más tarde. La desafortunada gestión del BCE llegó a poner en vilo la propia supervivencia del euro, convirtió a la Eurozona en el principal foco de inestabilidad financiera a nivel mundial y tuvo consecuencias muy adversas para su periferia mediterránea.

No ha sido el único acontecimiento desafortunado que la propaganda institucional europea suele ocultar. En la tribuna de la próxima semana desentrañaremos otro recóndito episodio en la historia del euro. El de los déficit y superávits estructurales en balanza de pagos. Conviene no confundir, sin embargo, la crítica a la gestión con la descalificación general del proyecto, en el que, en mi opinión, a todos nos conviene perseverar e incluso profundizar.

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