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Análisis

rogelio rodríguez

Sánchez y Rivera, condenados a la discordia

Si el 26-M acierta el CIS, a Sánchez sólo le van a toser sus 'amigos' secesionistas

Harry S. Truman no veía gran diferencia entre ser pianista de un burdel o político profesional. Es, sin duda, una exageración que, además, el ex presidente de Estados Unidos (1945-1953) dijo cuando aún no aspiraba a ocupar la Casa Blanca. Son muchos los políticos que han obrado y obran con ejemplaridad, pero hay etapas en las que la política se asemeja a una casa de lenocinio donde numerosos concertistas beodos de codicia golpean sin ton ni son las teclas de la convivencia, el desarrollo y el orden institucional. ¿Qué, si no, es el mercadeo de intereses partidistas, chantajes, cambalaches y travestismo ideológico al que asistimos en los días previos a una nueva convocatoria electoral y a la formación de un nuevo Gobierno?

Si imperara la lógica y los más significados dirigentes pensaran en la próxima generación, en lugar de en la siguiente cita electoral y en las prebendas del poder, Pedro Sánchez aprovecharía su ajustado triunfo en las urnas para empuñar el volante socialdemócrata y deshacerse de la extorsión independentista y podemita mediante acuerdos como el alcanzado en 2016 con Albert Rivera. Y si, en esta situación de emergencia reconocida por todos, el líder de Ciudadanos apostara por el más puro interés general, dejando para mejor vez su acelerado deseo de sustraer cuadros y votantes al PP, es hasta posible que el Estado de Derecho afrontara con mayores garantías los muchos peligros que representan los crecidos nacionalismos y la ofensiva de la izquierda radical contra la Constitución.

Sin embargo, en la estrategia política prima con frecuencia la insidia, condicionante por el que ni a PSOE ni a Ciudadanos les conviene ese acercamiento, tan reclamado desde diversos y amplios sectores sociales y económicos. Sánchez y Rivera llevan meses practicando la descalificación mutua y señalándose como los principales adversarios. Rivera tiene sobrados motivos para desconfiar del presidente, pero su anticipada y rotunda negativa a dialogar con quien no hace tanto pactó tiene más que ver con el desmoronamiento del PP y sus ínfulas para erigirse, aún falto de diputados, en capataz de la oposición. Y tampoco a Sánchez le interesa priorizar lo que pueda compartir con Rivera, ya que se siente más cómodo y seguro con un Pablo Iglesias chantajista por fuera y mendigante por dentro, convencido también, sin ninguna garantía, de que gestos tan poco inocentes como la elección de Miquel Iceta como presidente del Senado amainará el acoso soberanista.

Es innegable que Pedro Sánchez maneja la situación con habilidad y provecho propio, tanto que hasta ha incrementado las diferencias entre Pablo Casado y Rivera, convertido éste, con gozo propio, en el gran contrincante a izquierda y derecha. La propuesta del tierno y mudable jefe del PP a Ciudadanos para que se abstenga en la votación de investidura de Sánchez contiene una colosal carga de torpeza y cinismo a partes iguales. A ver qué pasa el 26-M. Y si pasa lo que predice el CIS, a Sánchez sólo le van toser, y con cuidado, sus amigos secesionistas.

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