Sin duda, uno de los factores que ayudan a sobrellevar esta reclusión prolongada radica en el cierre de bares. ¿Para qué salir? Total, si los bares también están cerrados, ¿adónde vamos a ir?, ¿dónde vamos a quedar y con quién? Mientras aguantamos confinados los días que pasan, todos fabulamos con el grado etílico que alcanzaremos esa fecha soñada en que levantarán la barrera y darán el arresto domiciliario por concluido. ¡Bares, qué lugares!

Y, sin embargo, hay razones para pensar que el fin de la cuarentena no significará que automáticamente se produzca la apertura de esos bares que cada uno llevamos en la agenda de nuestras preferencias, esos en los que camarero solo necesita vernos entrar por la puerta para saber qué es lo que debe estar marchando, "¡oído, cocina!". Primero, porque también el barista necesitará unos días para acondicionar el local en limpieza y suministros, antes de reanudar la actividad diaria. Segundo, porque si miramos al precedente de Italia, allí ya han dicho que los bares y cafés serán los últimos en la reapertura al público cuando se reactive la normalidad, que será de forma paulatina y escalonada, eso que aquí hemos dado en llamar la desescalada.

Es decir, que ese "no hay como el calor de un amor en un bar", creación de Gabinete Caligari, tendría que esperar algunas fechas más a partir del día D y la hora H que pongan punto final a estos días tan largos. Porque la reapertura conllevará medidas de reducción de aforo. De forma que hay pesimistas que auguran que solo podremos entrar de uno en uno. Yo no creo que se llegue a tanto, porque de todas formas en Granada probablemente tocaremos a un bar por cada granaíno, pero sería una lástima porque de decretarse tan drástica medida sería imposible materializar sones, acordes y versos de la canción de los Gabinete: Al calor del amor en un bar, que nos sitúa en el último confín de la noche. Es decir, cuando estamos adoptando lo que en términos aeronáuticos se conoce como 'velocidad de decisión' que si para el piloto del avión que rueda por la pista significa que ya no puede abortar el despegue, para el noctámbulo y la noctámbula se traduce en la línea tenue pero decisiva de si dormirás solo o acompañado esa noche que ya empieza a clarear. "Amor, /la noche ha sido larga / y llena de emoción, / pero amanece / y me apetece/ estar juntos los dos". Así que, en el ínterim, que mejor que esos "bares, / ¡qué lugares! / tan gratos para conversar". Y en seguida, lo de "mozo, / ponga un trozo / de bayoneta y un café, / que a la señorita / la invita / Monsieur", no vaya a ser que una omisión galante arruine el plan en el último minuto. "Aunque a esta horas / yo no estoy muy entero, / al fin llegó el momento de decirlo: / Te quiero".

Al calor del amor en un bar, compuesta en 1986, tiene un ritmo acelerado de pasodoble y reúne en su letra algunos elementos castizos y madrileñismos, aunque uno de esos elementos, ese del camarero "leyendo el As / con avidez ", sería exportable a Granada. Bueno, en realidad el camarero que te mira pero no te ve, que ya puedes hacer señas y llamadas incluso por su nombre, que te atenderá solamente cuando él ha decidido que te atienda, eso es universal. En la canción de Gabinete Caligari, ese "que no me tenga que levantar" se trasladaría a Granada en la forma "falta la tapa", por seguir con los ejemplos y su extrapolación. O: "Jefe, / no se queje / y ponga otra copita más". Es decir, "¡que llenen!".

"Los bares eran en España la institución básica de la democracia", escribía ayer Jorge Martínez Reverte en El País. Lo decía en el sentido multipersonal y multisocial de la clientela, pero también por ese axioma que ha desprestigiado las "conversaciones de barra de bar" por el carácter volátil de las sentencias que solemos emitir al calor de una birra en un bar. Pero a este cancionero analítico le llevan a reflexionar: ¿qué sería de nosotros sin esos desahogos de barra de bar?

"Al calor del amor en un bar nació como homenaje a las tabernas en las que te pasas la vida charlando a los 20 años, con una caña y un paquete de tabaco que te duran tres horas porque no hay para más", explicaba Jaime Urrutia, autor de la música y coautor de la letra, ideólogo de los Gabinete. No fue esta Al calor del amor en un bar la única incursión del grupo en el mundo de bares y barras. Ahí está, en el verano de 1990, aquel in crescendo del "polinga, polinga, polinga" en La culpa fue del cha-cha-chá, flirteo de barra con metafórica alusión al toreo, pues Urrutia se confiesa apasionado de las plazas de toros. Aunque quizá la de Granada sea la que peor recuerdo le traiga: en el verano de 1988, un avispado promotor se quedó con el dinero de las entradas sin que el concierto llegase a comenzar porque no había contratado la corriente necesaria para conectar los equipos. ¿En qué quedaría aquello?

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