Análisis

David Esteva Fernández

Facultativo adjunto de Hospitalización en el Virgen de las Nieves

Del tiempo de los héroes al tiempo de los errores

Nos sentimos abatidos, con una pesadumbre difícil de aliviar, lejos de las promesas (que las hubo) de una recompensa en forma de retribución o tiempo de descanso

El Hospital Virgen de las Nieves, en una imagen reciente. El Hospital Virgen de las Nieves, en una imagen reciente.

El Hospital Virgen de las Nieves, en una imagen reciente. / Antonio L. Juárez / PhotographersSports

Como facultativo perteneciente al grupo que asistió a los enfermos infectados por el coronavirus en primera línea en el Hospital Universitario Virgen de las Nieves, veo necesario dejar por escrito unas reflexiones al respecto. Me he sentido como un profesional que ha atravesado una suerte de experiencia en solitario en la que no sólo hubiera tenido que hacer frente a las adversidades propias de la asistencia derivada de mi especialidad, sino que además me he visto presionado por el lastre añadido e imprevisto de una amenaza invisible (pero presente), librando combate con ella a cambio de un coste enorme, no tanto físico, que también, sino anímico sobre todo, solo, casi sin ayuda y no a fuerza ciega de voluntad o instinto de resistir, sino por conquistar y conservar el sentido de la responsabilidad a cambio del cual acepté el origen del envite desde que elegí la especialidad de Medicina Interna.

Ha sido un tiempo corto pero intenso de camino en este escenario que nos ha tocado vivir, tan inabarcable como inentendible, tan cruel como certero, y se pueden y se deben sacar conclusiones. Montaigne escribió que "es doloroso tener que detenerse en un lugar donde todo lo que alcanza nuestra vista nos afecta y conmueve". Nunca ha sido tan cierto, pero incluso así y aquí, hemos dado lo mejor de nosotros, hemos reinventado la definición absoluta de la entrega total.

Durante los días del horror hubo problemas añadidos al peligro inherente y cotidiano que atravesábamos (escasez de material de protección -yo incluso llegué a pasar sala cubierto con bolsas de basura cuando se acabaron los EPI originales-; cambios continuos en los protocolos de protección al personal; lejanía del Servicio de Preventiva para los trabajadores del hospital), que fueron añadiéndose como losas al peso que llevábamos. Hubo quejas y se nos reprendió y se nos calló. Algunos compañeros que estaban codo a codo asistiendo conmigo se han infectado: ha habido pérdidas personales, de familiares y amigos. Yo incluso perdí un maestro, por no contar la vuelta a nuestros hogares, manteniendo la distancia de seguridad con los tuyos, sin compasión, con prudencia y prevención, aislados en todos sitios.

Ninguna compensación ni tiempo de descanso

Una vez pasada la tormenta (sin tener la certeza si volverá, que es muy posible), aparte de el orgullo de haber hecho lo que debía hacerse, de sentir la tranquilidad de haberlo dado todo, nos sentimos cansados, abatidos, con una pesadumbre difícil de aliviar. Lejos las promesas (que las hubo) de una recompensa (un respiro, un alivio) en forma de retribución económica o tiempo de descanso (no las ha habido, ni la una ni lo otro), por la exposición, el sacrificio, la entrega (que sin duda era sincera y completa), el exceso de horas, el riesgo, los salientes de guardia no librados, sólo ha habido palabras y palmadas en el hombro. Nada que compense el cuerpo quebrado, el alma doblada, el espíritu roto, la vocación torcida, el ímpetu hundido, solamente manteniéndonos a base de una incontrovertible fuerza innata, atávica, inmanente e individual.

Hemos pasado del "tiempo de los héroes" al "tiempo de los errores", perpetuando y ahondando el foso, la herida, el agravio comparativo, pasando directamente a la conmiseración al consuelo fácil, la piedad peligrosa y la palabra dócil. De un escenario del horror hemos pasado a otro falsamente cómodo. Ha sido un error pretender volver a la nueva normalidad sin haber ni intentado reparar al menos parte del daño sufrido por los trabajadores de primera línea, un detalle, un intento, un gesto, algo que compensara la pérdida, aliviara y se recordara. Los aplausos se agradecen, pero son efímeros.

"Seguimos sin recompensa pero con dignidad vocacional"

Ha sido un error no intentar paliar la sobreexposición, el riesgo, la entrega de estos facultativos con una remuneración aunque fuera simbólica o equitativa, justa, digna (muchos han cobrado igual y no se han expuesto). Ha sido un error no darles, una vez pasada la crisis, un tiempo de tregua, de desconexión al menos; hemos pasado sin solución de continuidad de la primera línea a coordinar el repliegue sin pausa, a volver a la actividad propia de cada servicio utilizando al mismo personal. Y seguimos sin descanso, y sin recompensa pero con dignidad vocacional, como nos enseñaron nuestros maestros. Luego vendrán las consecuencias, nos pillarán probablemente desprevenidos, pero llegarán de una u otra manera. Y será tarde.

Y cuando vuelva el Covid-19 y se desate otra vez el ruido y la furia, ¿seremos los mismos otra vez los que vayamos a primera línea? ¡Por supuesto! Pero habrá que tratar previamente ciertas condiciones largo y tendido para no cometer otra vez los mismos errores. Todo va depositándose indeleblemente en el pasado.

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