José Mª O´Kean

Catedrático de Economía de la Universidad Pablo de Olavide

Del derroche a la improvisación

Ante la pandemia optamos por el parón total y ahora nos dicen que la inmunidad es del 5% ¿Se trataba de que hubiera el mínimo de contagiados o de que todos nos contagiáramos?

Del derroche a la improvisación Del derroche a la improvisación

Del derroche a la improvisación

LAS crisis económicas nos ponen en nuestro sitio. Destrozan nuestras creencias, muestran nuestros defectos y nos imponen largas penitencias por nuestros excesos

La crisis de 2009 puso de manifiesto que vivíamos muy por encima de nuestras posibilidades y las facilidades de crédito, debido al ahorro internacional y a la expansión monetaria de los Bancos Centrales, permitieron financiar el derroche y la ostentación de aquellos años. Comprábamos lo que queríamos, primera y segunda vivienda, coches, viajes, celebraciones de bodas y primeras comuniones de los hijos, y nos precipitó a la racionalidad de las burbujas especulativas: comprar bienes a precios desorbitados con la seguridad de poder venderlos a precios más desorbitados aún. Y todo a crédito. Endeudándonos más allá de lo razonable en la creencia de que el futuro siempre sería favorable.

Después vino la crisis y el Estado, que había recaudado todos los impuestos en cadena que recaen sobre la construcción de viviendas y tenía una deuda que no llegaba al 40% del PIB, tomó el relevo y empezó a gastar sin recato buscando unos brotes verdes que empezaban a salir a costa de un déficit público que superó el 10% del PIB. Mientras, los países centrales de la Eurozona habían recuperado su nivel de producción previo a 2009 y empezaron a ajustar sus equilibrios fiscales y observaron cómo una serie de países, aquellos que nunca debían haber entrado en la zona del euro, seguían viviendo por encima de lo que podían, antes gracias al ahorro privado y ahora debido a un déficit público extremo que financiaban con la moneda de todos, poniendo en peligro su propia existencia.

La salida de esta crisis es bien conocida. Unos países fueron rescatados y, de ellos, sólo Irlanda y recientemente Portugal han recuperado su nivel de producción de antes de la crisis. Otros dos países, Italia y España eran demasiado grandes para un rescate y había que ajustarlos de otra manera. A Italia incluso le impusieron cambios de gobierno. A España, una noche de mayo de 2010, los dirigentes europeos le hicieron ver a nuestro presidente de entonces, Rodríguez Zapatero, que la fiesta había terminado. Subidas de impuestos, ajustes fiscales de gasto... llegó la austeridad. Tardamos once años en recuperar el PIB de 2008. Italia aún no lo ha hecho hoy. Los salarios y los precios españoles empezaron a bajar después de los cambios del marco laboral tras un nuevo Gobierno y así ganamos competitividad. Las empresas españolas empezaron a exportar, el turismo cogió el relevo al sector de la construcción, que se quedó en la mitad de su actividad, y poco a poco, el consumo interno estabilizó el crecimiento económico y crecimos varios años en torno al 3%. Y aún pensábamos que seguíamos en crisis y que volveríamos a la fiesta anterior. Parecía que no habíamos aprendido nada. Pero, en parte, sí lo habíamos hecho. Las empresas y las familias pagaron sus deudas, perdieron sus activos y se ajustaron a una nueva realidad. Pero no fue el caso del Estado. No terminábamos de corregir el déficit público estructural. Seguíamos gastando. Dedicábamos el Presupuesto al gasto social, nada en inversiones productivas que nos permitieran mejorar nuestra capacidad de generar empleo de altos niveles de salarios. Queríamos recuperar, ahora con el crédito al sector público, el nivel de bienestar de antes de la crisis, ese que no podíamos pagar y al que no estábamos dispuestos a renunciar.

Y casi lo conseguimos. Estábamos con la deuda pública emitida estabilizada en torno al 100% del PIB y sólo quedaban diez años de crecimiento moderado y un poco de inflación para que la ratio de la deuda sobre el PIB nominal fuera descendiendo y el pasado fuera un mal sueño, un episodio para el olvido en las páginas de la historia económica.

Pero los dioses o el destino son implacables con los irreflexivos y el Covid-19 nos ha puesto a prueba nuevamente. Una crisis pandémica letal e inesperada requería de nosotros una solución conjunta como país, una gestión de la crisis seria, solvente y eficaz. Requería responsables políticos que, escuchando a los técnicos de las distintas disciplinas afectadas –sanitarias, psiquiátricas, sociológicas y económicas–, asumieran una gestión coherente que pudiera afrontar la pandemia minimizando el número de fallecidos y los desequilibrios colaterales psicológicos, sociológicos y económicos que la terapia pudiera producir.

Pero la clase política con experiencia en gestión pública había sido segada por la corrupción y una nueva clase política sin conocimientos de gestión alguna ha tenido que asumir el reto. Y lo ha hecho improvisando cada día, delegando las decisiones en comités científicos que tienen una visión propia de lo que es una decisión política que sume todos los puntos de vista y, nuevamente, llevando a cabo una política de gasto público sin previsión alguna de las consecuencias que va a traer en el futuro.

Ante la pandemia se imponían dos modelos de actuación: el parón total o la intervención selectiva. En lugar de percibir que eran nuestros mayores las personas a las que atacaba el virus con mayor letalidad y que nuestro ejército eran los médicos y enfermeros, los dejamos sin protección a unos y a otros y encerramos a los niños y a los jóvenes. En lugar de plantear la primera línea de control en la atención primaria, como ha hecho Alemania, esperamos al virus en los hospitales sin mascarillas ni test suficientes y paramos todo un país para evitar el colapso de los hospitales. En lugar de cerrar las ciudades infectadas, nosotros y los italianos paralizamos toda la actividad económica no esencial, algo que no hizo ni China, lastrando el país a una crisis sin precedente por el desplome radical de la producción y, seguramente, por lo que tardaremos en asumir la deuda que vamos a tener que emitir. Y, para terminar, después del “quédate en casa” que hemos asumido como ciudadanos responsables ahora nos dicen que sólo un 5% de la población ha alcanzado la inmunidad de rebaño. ¿Se trataba de que hubiera el mínimo de contagiados o de que todos nos contagiáramos? Y mientras, miles de personas han fallecido, mayoritariamente con más de 70 años y en un alto porcentaje con más de 80 años.

Igual que Zapatero tuvo una triste noche de mayo, Sánchez tendrá la suya y volverán los sacrificios

Derrochar e improvisar parecen las líneas constantes de nuestro comportamiento y ahora queremos que los países centrales de la Eurozona que han tenido sus cuentas saneadas estos años atrás asuman la deuda que estamos originando. E incluso, en este momento, planteamos una renta mínima universal que estos países, más ricos, no tienen.

Igual que Rodríguez Zapatero tuvo su triste noche de mayo, Sánchez tendrá la suya y la economía española tendrá que atravesar una larga senda de sacrificios que, irónicamente, reducirá el gasto en sanidad, en pensiones y educación, las únicas partidas sobre las que se puede actuar con eficacia para reducir el gasto público.

Que salgamos mejor o peor de esta crisis sólo depende de dos cuestiones que en estos momentos son inciertas.

La primera radica en si la Unión Monetaria va a asumir la mayor parte de la deuda pública que vamos a tener que emitir en los próximos tres años. Serán entre 200.000 y 300.000 millones de euros, del 20% al 30% del PIB de España. ¿Lo hará? ¿En qué porcentaje? ¿Con qué condiciones?

La segunda cuestión estriba en si el sector turístico va a recuperar en dos años su nivel de actividad previo a la crisis o algún sector económico tomará su relevo. En otro caso el nivel de paro se mantendrá muy alto durante muchos años.

La gravedad de esta crisis debería hacer que articuláramos un plan para gestionarla sin derroches y sin improvisación. Pero, hasta el momento, no lo estamos haciendo.

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