Análisis

Rafa Simón

Diseñador gráfico

No disparen al diseño

El autor de la marca GRX se pregunta por qué el trabajo de los profesionales del diseño y la publicidad suele generar sospechas de plagio en el ámbito público pero no en el privado. "En la lucha partidista, nuestro trabajo resulta un blanco fácil"

GRX: la nueva marca de Granada GRX: la nueva marca de Granada

GRX: la nueva marca de Granada

Hace unos días se presentaba una nueva marca para Granada, y, como es inevitable tras este tipo de acontecimientos, la polémica no ha tardado en aparecer. De entre los muchos comentarios que se han vertido sobre este tema en distintos medios, me ha llamado la atención una pregunta –no sé si suspicaz o ingenua– lanzada en redes: ¿Por qué será que las campañas institucionales suelen llevar aparejadas acusaciones de plagio?

Si nos dejamos llevar por el impulso de contestar, probablemente secundaremos a la mayoría de quienes gustan de participar en este tipo de debates, culpando a la desfachatez generalizada de nuestros políticos. Pero si profundizamos un poco en la cuestión, nos daremos cuenta de que no son los políticos quienes diseñan o conceptualizan una marca o una campaña, sino profesionales que, por lo general, realizan las mismas funciones para empresas privadas sin ocasionar ningún escándalo. Estaría bien, pues, reformular la pregunta para tratar de entender por qué el trabajo de los profesionales del diseño y la publicidad suele generar sospechas de plagio u otras conductas fraudulentas en el ámbito público pero no en el privado.

Parecería que algo relaciona directamente a las instituciones con la mala praxis profesional de sus proveedores, pero quizás ese algo no sea otra cosa que la incesante búsqueda de la paja en el ojo ajeno a la que se ha reducido la política; porque este tipo de acusaciones suele tener casi siempre un marcado cariz partidista. Así que sí, quizás sí que haya algo de desfachatez política, pero no necesariamente en el lado de quien se expone al linchamiento, sino en el de quienes están dispuestos a dinamitar cualquier iniciativa que provenga del que consideran más un enemigo que un adversario. Las empresas privadas, por el contrario, suelen encontrar en los logros de sus competidores una motivación para mejorar sus productos y servicios, y no malgastan sus recursos buscando el desprestigio ajeno.

El mundo de la creatividad –y no solo la publicitaria– está lleno de coincidencias, pues a menudo se utilizan las mismas metodologías de trabajo y, en el caso de los diseñadores gráficos, un catálogo de elementos que, aunque amplio, es limitado: tipografías concisas, colores planos y formas depuradas mediante el uso de la geometría –imprescindible, esta última, si se trata de diseñar una marca fundamentalmente inspirada en el arte nazarí– reducen la probabilidad de que un diseño que se ajuste a necesidades comunicativas sea además único. Por lo tanto, quien le pone un poco de empeño –y no poca malicia– suele terminar por encontrar un parecido razonable que poder arrojar contra el mandatario de turno, sin importar si de paso golpea a quienes solo hacen su trabajo. También suelen ser recurrentes los ataques al presupuesto y consiguiente despilfarro de dinero público –tenemos un ejemplo reciente de ello en la última campaña institucional de Correos–, y en gran parte de esos ataques se busca de nuevo el demérito del diseñador, que a saber lo que habrá cobrado por hacer un dibujito. Como podemos apreciar, casi siempre estos ataques encubren en realidad otra cosa y el pobre diseño es el chivo expiatorio.

Recuerdo que cuando diseñé el símbolo de la Diputación de Granada, las críticas (que en aquella ocasión caían por la derecha) aducían que se había utilizado el color rojo deliberadamente para vincular a la institución con el Partido Socialista, y no había más que mirar al escudo provincial para ver –si se quisiera ver– que el rojo era el color predominante.

A propósito de los vaivenes de aquel diseño ya escribí, en este mismo diario, mis opiniones sobre las consecuencias de la politización del diseño, así que no abundaré sobre el tema.

No quiero decir, desde luego, que el trabajo de un diseñador no deba ser sometido a crítica. Al contrario, es deseable que así sea; yo mismo he expresado mis reservas sobre nuevos diseños recientes en instituciones, pero intentando hacerlo siempre desde un punto de vista constructivo y estrictamente profesional. Existen de hecho publicaciones especializadas en las que excelentes profesionales analizan concienzudamente y con buen criterio algunos de los trabajos más relevantes del sector. Pero cuando la política está de por medio, incluso en esas publicaciones se han visto a veces extraños giros de la objetividad.

Los diseñadores no somos personajes públicos y poca gente más allá de nuestros propios colegas es capaz de asociarnos a nuestras creaciones. Por eso a veces, en la lucha partidista, nuestro trabajo resulta un blanco fácil. Si la cosa sigue así, vamos a terminar como aquellos pobres pianistas del lejano oeste que se veían obligados a seguir tocando en medio de continuos tiroteos, teniendo que colgar el cartel de «por favor, no disparen al diseño».

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