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Análisis

manuel campo vidal

La sociedad civil pide unidad política

De esta crisis a España la salvará su buena gente, titulábamos. Lo reafirmamos con una precisión: también hay una pequeña parte que es mala gente. Los que crean noticias falsas para disparar la ansiedad ajena desde el anonimato de las redes, los que con su cara en las tertulias son capaces de referirse a Fernando Simón, consumido físicamente en esta crisis, como el doctor Muerte; los que muestran su instinto carroñero en la política tratando de sacar réditos de esta catástrofe cuyo final aún no divisamos...

Fernando Ónega escribe que, además del brote que combatimos, "hay un virus político". Añadimos que hay también uno económico que ha infectado a un millón de empleos en dos semanas. Ónega no ahorra críticas al Gobierno -"parece bastante coherente la política que se hace pero las formas están siendo un desastre"; detalla que "dar información a las comunidades autónomas no es diálogo" y así sucesivamente-. Crítica sí; es necesaria para construir. Demolición por ambición de poder es deleznable. España ha descubierto ahora a muchos comentaristas que, al parecer, se licenciaron en Epidemiología y se lo tenían bien callado. A políticos de expresión dura incapaces de presentar propuestas alternativas. Sabíamos de ellos, porque los sufrimos, como también torpezas de los gobernantes de turno a los que les cuesta compartir con la oposición.

Revisen nuestra historia reciente: ante el brutal atentado de los trenes de Atocha del 11-M de 2004, Aznar manejó la situación ignorando el manual de crisis más elemental -no reunir el Pacto Antiterrorista y empeñarse en mentir atribuyendo a ETA la autoría-, por lo que su candidato designado, Rajoy, perdió las elecciones ante Zapatero. En 1977, al principio de la democracia, Adolfo Suárez impulsó los Pactos de la Moncloa, un acuerdo con todos los partidos, sindicatos y empresarios para sacar al país de una crisis pavorosa.

Pedro Sánchez puede elegir en esos dos ejemplos el modelo político con el que gestionar el desafío. Desde luego que no es, ni actúa, como Aznar; pero se alegará que tampoco es Suárez. Se puede añadir que en esta oposición no se divisa a ningún Felipe González, Carrillo, Roca Junyent o Fraga, con los que entonces se pudo contar; dirigentes con un sentido de Estado que permitió la firma de los Pactos de la Moncloa y la Constitución. Algo así convendría acordar ya, mostrando la unidad política que la sociedad civil reclama.

Se repite que "de esta crisis saldremos tocados". Unos más que otros: quedará muy debilitada la política de cortas miras y máxima agresividad. Emergerá fortalecida una sociedad civil que reclama buena gestión, comprensión, diálogo y acuerdos. Se valorará más la importancia de la España despoblada donde se sigue trabajando para no cortar el suministro alimentario y quizás las ciudades entiendan, por fin, que apoyar ese territorio es vital para la salud y el medio ambiente de todos; admiraremos a la industria nacional capaz de ponerse a fabricar respiradores en una factoría de coches en Cataluña, o en otra de material militar en Madrid, en vez de elogiar sólo al que comercia; se apoyará más a la medicina y la ciencia; se potenciará la economía social...

No lo duden: éste es un país de buena gente; con las excepciones que saltan a la vista.

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