Los nuevos tiempos

César Requeséns

crequesens@gmail.com

Abandono rural

Los alcaldes se afanan en arrancar presupuestos de la capital, pero las ciudades son narcisistas, y Granada más

Los pueblos se rebelan contra su cruel destino marchando en Madrid para clamar por el olvido y la desidia con la que le tratan los poderes públicos. No, no hace falta mirar muchas estadísticas para saber que vivir y permanecer en un pueblo se va convirtiendo en una hazaña sólo apta para militantes de un futuro suicida y del ver marchar a los jóvenes, la fuerza laboral y las subvenciones mientras se quedan atendiendo a los viejos, memoria que se apaga del lugar.

Estas últimas semanas lo he comprobado visitando la zona norte, Guadix y alrededores. La calma es densa por las calles en las que el vecindario dormita. Algún cartel animoso habla de obras inactivas. La Alcazaba centra la reivindicación de los ciudadanos más combativos.

Desértica y pintoresca, aquella tierra -el Marquesado del Zenete es espectacular-, pugna ahora por atraer visitantes haciendo del olvido virtud. Plantas solares sorprenden por su modernidad en mitad de la nada. Las minas de Alquife parece que recobran vida, pero la autovía se ve que sólo es de paso. La Sierra vista desde otro lado y aún nevada recuerda que una estación de esquí, la de la Ragua, sigue sin ser aprovechada como motor y reclamo de un territorio sin brío pero con tanto potencial.

Sé de alcaldes de la zona que se afanan por arrancar presupuestos en los despachos de la capital, pero ésta crece deglutiendo su Área Metropolitana y no le sobra gran cosa. Las ciudades también son narcisistas, y Granada mucho más.

En tiempos de internet y ecología rampante la vuelta al pueblo se impone. Muchos lo han entendido tras catar el sinvivir de las grandes urbes donde sólo llegar al curro son horas habitando en cajitas de cerillas donde sentir la más cruel de las soledades, la del hombre sin lazos en mitad de la multitud que te ignora.

Los urbanitas vamos al campo con actitud de antropólogo poco documentado. Las costumbres y el arraigo allí son patrimonio vivo que da identidad, pero hay que hacerlo habitable y posible como ya se hace en Europa, donde vivir en el campo resulta hasta ventajoso aparte de saludable y dar longevidad.

Salir a los pueblos te recuerda que esta carrera enloquecida hacia la nada tiene su opuesto en ese vivir el día a día en contacto con lo real, referencia que a base de olvidos se nos va poco a poco vaciando de dignidad.

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