Los nuevos tiempos

César Requeséns

crequesens@gmail.com

Abuelos

Saborear este tiempo con la macerada dulzura de los años es lo que algunos descubren a tiempo

La divinización de la juventud dejó la vejez a la altura de una enfermedad y a muchos abuelos aparcados, escondidos en los asilos o de viaje eterno con el Imserso, que siempre resulta un alivio para ellos.

Ayer que era el santo de ellos, rescaté la nostalgia de los míos. Los maternos, claro, y también lo mucho que con el tiempo he reconocido que me dieron y lo que les he querido. Porque los padres te crían, con suerte bien, pero la voracidad de la vida deja a los niños en casa de los abuelitos cada vez que los padres buscan respiro. Un tiempo más libre y muy educativo, seguros en un espacio seguro, con menos inquietud y más disciplina, felices, descubriendo la vida narrada desde el pasado pero sin el trajín pin pon de las custodias compartidas cada quince días.

La glorificación de lo juvenil engendró además toda esa retahíla de palabras blandas (persona mayor, sénior, personas de edad avanzada) que buscan enmascarar el hecho incuestionable de que el cuerpo se nos oxida, las carnes se nos caen buscando el suelo y los rostros se arrugan y ojalá que fuera de tanto sonreír.

Dentro de esos cuerpos de abuelos habita un yo que, si se vivió, sigue siendo el mismo. Miras al espejo y ves a otro que sucedió a aquel otro que un día fue un joven que en lo esencial sigues siendo tú. Solo que con las cicatrices en el alma que mira ya con más comprensión que juicios al que te mira desde el espejo.

La juventud tirana bien puede quedarse donde sucedió. Sin idealismos de tersura y esplendor, fue un tiempo de ansias de ser sin ser nada más que un potencial que, esperemos, ya se realizó. Ahora toca ser eso, abuelos, árbol que da sombra amable para para los retoños y sus retoños no se agosten con la cruel intemperie que tan bien conocemos los que sufrimos tormentas y aguaceros y ahí seguimos, enhiestos y buscando cielo, seguros en el cimiento de la cada vez más profunda raíz.

Saborear este tiempo con la macerada dulzura de los años es lo que algunos descubren a tiempo. Otros pugnan por buscar ese tiempo perdido aguijoneados de vótox, tuneados de silicona, ahítos de impostura. A mi me dan miedo si los veo. No han descubierto el regusto de ser abuelo y siguen buscando el el elixir de la vida perdiéndose este tiempo en el que cada instante cuenta sabe el doble porque tiene hondura y matices y hay tiempo para paladearlo antes de que sea un recuerdo

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