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Desde lo ínfimo se agrede lo sospechoso, se levantan piras con los libros, se deshace lo bello y se arrancan las pinturas

De la intrahistoria poco sabemos, porque poco debemos saber. Es lo inmutable, aquello que da solidez a la historia cambiante y visible. Ese fundamento permanente que fue gestándose a lo largo de los siglos, aferrándose a nuestra idiosincrasia, creciendo con nosotros, mutando con los cambios, para camuflarse bajo nuevas apariencias y mostrarnos una verdad fulera. Si en el horizonte de 1873 pareció que el socialismo hería de muerte al capitalismo con un nuevo orden, la socialdemocracia, que llegaba para mitigar las injusticias infligidas por un sistema de mercado, hoy, en pleno siglo XXI, en el comienzo de una nueva gran crisis, la palabra capital abarca, como siempre, todos los órdenes. Hablamos del capital social, del redundante capital económico, del capital escolar para referirnos al conocimiento o del capital cultural. Porque el capitalismo supo, sabe y sabrá adaptarse. Amarrado a la cadera impide cualquier posibilidad de avance. Presenta como natural lo que en realidad debía ser una aberración. Viste de inocente lo terrible.Pero más allá de los grandes acontecimientos, de las macroestructuras y su funcionamiento, del imperialismo, de los grupos monopolistas en la economía y en la política, de los medios de producción, de la explotación y lo que arrastra consigo, está lo nimio, lo minúsculo, los pequeños detalles que nos enderezan y convierten al sujeto en el individuo que no debería ser. Subestimamos la nimiedad y la nimiedad alimenta lo execrable, ceba a Caín desde su más tierna infancia en la que le enseñamos a posicionarse, a optar por algo en detrimento de otra cosa, a despreciar a sus congéneres, a despreciarse. Disfruta con los magos y rechaza a esos “muggles” que inocentemente, o no, creó J.K. Rowling, porque no pertenecen a un mundo de privilegiados. La emoción nos embarga al grito bélico de “¡A por ellos, oé!” obviando la agresividad encubierta hacia el otro que implica el cántico. A golpe de piocha se acaba con la sonrisa de Simone de Beauvoir, pintada en un mural, a brochazos se ocultan sus palabras, “No se nace mujer, se llega a serlo”, porque evidencian lo peor del sistema. Y el puritanismo se hace fuerte. El mismo día que muere Shere Hite, perseguida, amenazada, expulsada del país más avanzado del mundo por el Informe Hite, una investigación científica al fin y al cabo, se niega la entrada al Museo de Orsay a una mujer por un simple escote en el país que históricamente alardea de libertad en Europa. Ellas son el otro. Contra el otro, el lema del general chino Sun Tzu: “No hay mejor defensa que un buen ataque”. Desde lo ínfimo se agrede lo sospechoso, se levantan piras con los libros, se deshace lo bello y se arrancan las pinturas de las bóvedas. Sottovoce late la historia y el ignorante la pisotea.

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