El duende del Realejo

Las Aleluyas de José Salobreña

Si la Vega no hubiese exisistido, la hubiesen inventado en nuestro tipo García Lorca y su pariente José Salobreña

La Vega de Granada es verdaderamente inmensa. Comprende, en 41 municipios, en torno a 1.400 kilómetros cuadrados que lo son en forma de una enorme y fértil llanura, regada por el Genil y sus afluentes y limitada por sierras y promontorios circundantes entre los que destaca el llamado "Techo de la Península" que no es sino Sierra Nevada. Y en una de sus partes, la que está orientada al Oeste-Noroeste, engulle las fertilísimas tierras del que se llamó "Soto de Roma", espacio agrícola y paisajístico que subyugó a los más poéticos espíritus del antiguo reino de Granada y a multitud de viajeros que, desde fin de la Edad Media, llegaban a estas latitudes, arrastrados por un reclamo de leyendas y relatos descriptivos que, desde que se tiene memoria han pertenecido a testas coronadas.

Si la Vega no hubiese existido, con toda seguridad, la hubiesen inventado en nuestro tiempo entre Federico García Lorca y su pariente José Salobreña García. Antes lo habrían hecho otros, claro está. De Federico no corresponde escribir hoy, pues es menester, en cambio, perfilar en algo la figura, muy conocida, de un artista que, siendo mucho, muchísimo más local, viene dedicando sus existencia a universalizar en sus dibujos, grabados y pinturas el peso y la profundidad antropológica y cultural de las mismas tierras que, habiendo sido cantadas en la poética lorquiana, padecen hoy -y desde hace ya algunos decenios- un desnorte producido -en opinión de Salobreña- por la gula y la avaricia incontenida de foráneos personajes, que han llegado, casi, a diezmarla en un presente en que se dispone hacia una cierta forma de ruina, un desconcierto y hasta un desasosiego, impropio de un lugar eminentemente rural, íntimo y por ello de natural poético, evocador y creativo. Los pinceles de Salobreña, siendo críticos, muy críticos sin duda, no llegan nunca a grosera, a perruna mordacidad, porque el alma de nuestro pintor -de Fuente Vaqueros, también- es de creador, dotada de natural finura y a veces hasta de una cierta piedad que otros, a quienes señala sin rubor ni escondite, seguramente no merecerían.

Pepe Salobreña, a quien conozco, quiero y necesariamente admiro, en su brillante trayectoria y porque es un hombre bueno y generoso -habiendo vivido lo bastante para que su espíritu se hubiese vuelto romo y perdidas las múltiples aristas y brillos con los que Dios lo creó- viene en estos días a hacer nueva muestra de sus sueños, en una exposición intitulada Aleluyas del siglo XX, que se ofrece en el Centro Artístico. Iremos a verla y disfrutarla, aunque pareciese que no están los tiempos para muchas "aleluyas". ¿O no?

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