Los nuevos tiempos

César Requeséns

crequesens@gmail.com

Allá por Villarejo

Hace falta salir de lo conocido y descubrir que la lucha contra el olvido. De sí y de todos y por todos

Viajar a Madrid esta vez ha sido distinto. Menos ruidos y también un descubrir una provincia desconocida eclipsada por el mastodonte que absorbe sus satélites.

Como ando metido en promover los actos para celebrar Lepanto, me acerqué hasta un pequeño pueblo tan lepantino como Villarejo de Salvanés en la comarca ignota de Las Vegas, al sureste de la autonomía-provincia, allí donde se impone la tierra. Entre sus lomas y valles encontré un Madrid que aún vive pendiente de prensar la uva camino de Valencia, un paraje santiaguista que los católicos reyes absorbieron bajo su mando. Una tierra por descubrir, de nuevo.

El leísmo y las eses sonoras adornan allá las charlas con un estilo directo y algo más seco que aquí en el sur, mera fachada de una gente castellana que mira de frente y te tiende la mano y te abre su casa para ya no cerrarla.

Hace falta salir de lo conocido y descubrir a gente que lucha contra el olvido. De sí y de todos y por todos. Y leer. Compré el libro Feria, de Ana Iris Simón, título que arrasa en esta postpandemia en que todos hemos recordado que había familia, infancia y un tiempo con más contenido. Y la rebeldía del campo, tan legítima, esa que se traduce en acciones por mantener viva la llama de la memoria, por reconstruir castillos o por engalanar a las vírgenes como victoria contra el afán desmedido por nadear en la nada.

Un lugar con gentes como su alcalde Jesús o como el inquieto Ricardo de turismo que se afanan a brazo partido por poner su mundo en los mapas buscando ideas que nutran el mundo con su modo de vida que permanece constante mientras pasan los siglos. El turismo es un maná con muchas caras. Pero hay lugares donde puede ser fuente de la vida misma, complemento del olivo y la vid que evitará el despoblamiento de zonas de Castilla que, como me contaba la amiga Gema en la plaza de Villarejo, ya solo tienen piedras y algún risco.

Si todo se torna urbano no nos quedará nada para el contraste de tanto ladrillo. Hay lugares donde la dimensión humana aún no se ha perdido y es una emergencia nacional redescubrirlos a tan bajo precio. Porque los urbanitas de cuna necesitamos que nos recuerden que todo se toma su tiempo, que la siembra precede a la cosecha que se agostó mientras íbamos y veníamos del otero a la quebrada, allá a lo lejos, por Villarejo.

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