Postrimerías

Alto ejemplo

Todos los lectores del mayor poeta español del siglo XX estamos en deuda con Carmen

Los amigos nos han escuchado muchas veces esta historia, una historia preciosa de fidelidad, constancia en el esfuerzo y devoción por la poesía. Los protagonistas primeros son el mayor poeta español del siglo XX, Juan Ramón Jiménez, que como es sabido emprendió junto a su mujer, Zenobia Camprubí, el camino del exilio en agosto del 36, temiendo por su vida en el pesadillesco Madrid de aquellos meses aciagos, y su sobrino predilecto Francisco Hernández-Pinzón, que después de combatir en el bando de los sublevados obtuvo el grado de teniente de Artillería. La conmovedora lealtad que el poeta mantuvo toda su vida hacia el Gobierno legítimo -que como ha contado más de una vez Andrés Trapiello, gran defensor de la primacía de JRJ, no le impidió negarse a estrechar la mano de los derrotados que habían participado en las sacas- no fue obstáculo para que su pariente, un hombre de profunda religiosidad e inequívocas ideas conservadoras, se entregara en cuerpo y alma a cuidar del anciano tío, y a defender su memoria y su formidable legado cuando en aquella España arrasada, postergado por la oficialidad pero también entre los disidentes, tenía el poeta muy pocos partidarios, ello a pesar de un premio Nobel que tampoco fue especialmente bien recibido por los compañeros del destierro. Ya en vida -y con esto llegamos a nuestra verdadera protagonista- delegó ese cometido don Francisco en su hija, Carmen Hernández-Pinzón, que como el padre se familiarizó con la caligrafía del poeta hasta convertirse -lo pueden corroborar todos los editores con los que ha trabajado- en una verdadera especialista. Justamente reconocida por los estudiosos de JRJ, que entienden su tarea como una suerte de sacerdocio, pero también a veces cuestionada por personas o personajillos que se han permitido desdeñarla aunque no le lleguen a la altura de los zapatos, Carmen es una mujer generosa, obstinada, de carácter fuerte y forjado en la dedicación incansable, por ello intransigente con la mediocridad, de modo que no necesita de valedores para que su labor, absolutamente desinteresada, se celebre como merece. Si hablamos de ella es porque su figura, su consejo, su alto ejemplo, imprescindibles para los que siguen navegando en un océano de papeles dispersos por varios archivos y continentes, se ha hecho acreedora al más necesario de los homenajes. Todos los lectores de JRJ y de Zenobia estamos en deuda con Carmen, y no hay palabras para agradecer el papel que ha desempeñado como mediadora, corresponsable o artífice última de libros, más o menos valiosos, que se cuentan por docenas desde que el poeta, vencido por el dolor de la viudedad, muriera en la «isla destinada».

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