El lanzador de cuchillos

And the winner is... ¡Pedrooo!

Cuando la SGAE levante la persiana, allí estará él, pidiendo que le abonen los derechos de autor de su manual de resistencia

Sánchez convocó a los españoles a las urnas el 28 de abril -aunque lo que le ponía realmente era que se votase el 14, ya tú sabes- y los partidos se lanzaron a la caza del votante y la votanta como si, al día siguiente, en España no fuera a amanecer. Ha sido la campaña una carrera desenfrenada que no ha respetado los plazos ni algunas reglas básicas de la decencia. Nada que no hubiese ya sucedido en anteriores procesos electorales.

Los pobres ciudadanos hemos sufrido dos meses intensos de una campaña atípica, con la Semana Santa de por medio, en la que se ha pugnado sobre todo por el voto indeciso: Bertín, para aclararse, metió en su casa a los tres candidatos de la derecha, y mi chica decidió el suyo el sábado de madrugada, mientras desenvolvía su regalo de cumpleaños.

La irrupción de Vox ha condicionado la estrategia del resto de partidos, obsesionados por el voto útil de la derecha o contra la extrema derecha, que resultó ser un mcguffin. La Junta Electoral excluyó a Abascal de los debates televisivos, que mostraron a un Casado primero apocado y después discretamente combativo, un Rivera marrullero y sobreactuado, un Iglesias postizamente ecuménico y un Sánchez envarado e incómodo que hubiera dado cualquier cosa por estar a esa hora a bordo del Falcon.

Los candidatos -y digo bien, candidatos, porque a los partidos se les llena la boca con la igualdad y el empoderamiento de las mujeres, pero los números 1 son siempre ellos, mientras Cayetana, Inés, Maite o Irene, manifiestamente mejores, calientan banquillo a la sombra de los condottieri- han pedido el voto de las maneras más estrafalarias. Hemos visto a Abascal a caballo, al candidato del PP abrazar a un cordero, como el niño Jesús de un cuadro de Murillo, a Sánchez rodeado de vacas y a Pablo Iglesias dar un mitin junto a su perra. Sólo ha faltado Furia, el cocodrilo que Fidel Castro le regaló a Gil y estuvo a punto de comerse al Tren Valencia.

Los que no han fallado han sido los habituales abajofirmantes -en otra glaciación eran conocidos como "los de la zeja"- ni un fenómeno reciente, convertido en todo un must de las campañas 4.0, las fake news, o sea, la manipulación de toda la vida.

Han sido días de locura para los candidatos, que se han recorrido España afirmando ser un valor seguro, animando a los votantes como si las elecciones se jugaran en la pista central de Roland Garros o exhortándoles a escribir la historia. Pero al final ha pasado lo que Pedro pedía. Cuando este lunes la SGAE levante la persiana, allí estará él, sin poder disimular la resaca, pidiendo que le abonen los derechos de autor de su manual de resistencia.

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