Cajón de sastre

Añorando la Edad Media

Hay una tendencia creciente a crear nuevos reinos, condados o llámelo como quiera

En poco tiempo habremos consumido una quinta parte del siglo XXI, ese siglo en el que a mitad de la centuria pasada poníamos los sueños y las fantasías del cine y las novelas de anticipación. Algunas eran utopías en positivo y otras muchas se llenaban de desastres postnucleares. En el 2001 no hubo base lunar alguna y en 2019 la ciudad de Los Ángeles no tendrá robots que huyan pero quizás si humanos latinos que se escondan, estará por ver. En muchas de esas fantasías aparecen maravillosos avances tecnológicos, como los vehículos que vuelan por encima del asfalto y realizan espectaculares giros en el aire. No recuerdo haber visto vehículos que se estacionaran solitos o aparatos de comunicación que pusieran el mundo en nuestras manos. Ha resultado que las tecnologías han marchado por caminos insospechados y si hace diez años veíamos a alguien hablando solo por la calle sospechábamos de su estado mental. Hoy lo extraño es ver a alguien que no esté usando el móvil o mirando la pantalla del WhatsApp. En el siglo XXI los sueños humanos están pegados a una pantalla pequeñita.

Empero hay un tipo de actividad humana que no se está proyectando hacia el futuro sino que al contrario mira hacia la remota Edad Media. Estaría por afirmar, plagiando al maestro Umberto Eco, que en España estamos en ella o deseamos fervientemente la vuelta a la Edad Media en lo referente a ciertos aspectos. Y muy particularmente a lo que hace referencia a la actividad política.

La profusión de leyes y decretos diversos que son distintos en cada territorio del Estado me recuerdan a la diversidad de fueros, privilegios y demás cuestiones que se encontraban por entonces. Y cada uno dictado por el señor del reino, condado, reino de taifa o abad de monasterio en que uno habitaba. Pruebe usted a heredar en cada rincón de este país y ya verá las diferencias. Y no es cuestión de leyes, que sería algo casi menor, es que además hay una tendencia creciente a crear nuevos reinos, condados o llámelo como quiera. Yo (casi) estoy por creer que valdría la pena pedir un reino propio para nuestra tierra (no olviden el paréntesis). Hay varios millones de personas en este país que creen fervientemente que vale la pena crear una nueva cosa pública o res publica. Y dirigentes que añoran y desean poder pasar a la historia con renombres similares a los históricos Vermudo I el Diácono, Sancho I el Craso, Berenguer I el Curvo, Bernardo I el Tallaferro, o Vifredo el Velloso. Pueden apostar por el apodo. Vale.

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