Los nuevos tiempos

César Requeséns

crequesens@gmail.com

Aristocracia cultural

Es lamentable ver cómo muere el artista de turno y todo son maniobras para gestionar algo que da pasta

Liberados ya los derechos sobre la obra de Lorca, es buen momento de hablar de los derechos hereditarios que genera la cultura, un territorio tan linajudo que inevitablemente se asocia a esa otra clase social, la de la aristocracia nobiliaria, que en tiempos vivió sin dar un palo al agua de las prebendas derivadas de las glorias de sus antepasados.

A reforzar este vínculo entre aristocracia nobiliaria y literaria acude esa tradición regia de otorgar a los grandes artistas y escritores o a sus descendientes dignidades muy de postín. A un descendiente de Valle-Inclán le hicieron Marqués de Bradomín; a Vargas Llosa marques de lo mismo, como al de Iria Flavia (Cela); y a Dalí igual, aunque puso la condición de que el título nunca pasara a su sobrino. Por algo sería. Puede que todas las similitudes queden en mera anécdota, pero lo que no es anecdótico sino indecente es la penosa gestión de los millones públicos en la Fundación Cela o el pufo que se ha destapado a la apertura del Centro Lorca, un agujero enorme difícil de creer que no se viera antes y que evidencia que ser "hijo/sobrina/nieto de" no es garantía de nada ni, menos aún, de ser buenos gestores.

Hay quien pide que los derechos de la obra reviertan al Estado a la muerte del autor sin esta demora de ochenta años. Porque es un espectáculo lamentable ver cómo muere el artista de turno y todo son maniobras para gestionar algo que da tanta pasta.

Tantos literatos menesterosos en vida con esos herederos codiciosos viviendo de lo que su gloria familiar dejó pintado o escrito. No creo que la posteridad anhelada del artista fuera eso, dejar una caterva de parásitos litigiosos que, como en el caso escandaloso de Picasso, no tienen más mérito social que llevar el apellido del genio.

Si llama esta codicia la atención entre los linajes de las letras tradicionalistas (Pemán, Muñoz Seca) no digamos ya entre la aristocracia pijo-progre que sufrimos. Hay en todo esto tufillo a cuenta bancaria. Herederos que ejercen de señoritos, tirando de apellido por todo mérito para ocupar cargos y tener una relevancia social que no, no se la merecen ni su egregio antepasado ni por supuesto nosotros, espectadores atónitos de un espectáculo que avergonzaría al honesto autor que se la jugó en vida sin la codicia que luego hemos visto.

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