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Ojo de pez

Pablo Bujalance

pbujalance@malagahoy.es

Arrepentirse

Convertir un argumento moral en verdad absoluta por encima del derecho al desacuerdo es una justificación de la tiranía

Si en Francia hay toros, resulta lógico que también haya antitaurinos. Y al parecer no son mucho menos vehementes que aquí. La Federación de Luchas para la Abolición de las Corridas (suponemos que se refieren a las de toros; por sus siglas, FLAC, no lo hacen expresamente) ha pedido a la organización del Festival de Cannes que prescinda de Pedro Almodóvar como presidente del jurado de la próxima edición por su afición al ruedo. Y valora además como detonante inexcusable que el cineasta "no se haya arrepentido" por ello. Vaya por delante que ni Almodóvar ni los toros son santo de mi devoción, pero en cuanto reparé en esto del arrepentimiento me puse a darle vueltas al asunto. Lo grave no es que mueran toros acribillados en una plaza para satisfacer un determinado placer estético, ni que cierta gente realmente disfrute con esto: lo peor de todo es que hay quien no se arrepiente. Y esto no deja de tener su miga. En la Segunda Guerra Mundial, a un soldado nazi se le podía perdonar que abusara de una presa judía (recuerden aquello de La división del placer) siempre que luego mostrara cierto arrepentimiento por tener tan mal gusto a la hora de escoger a sus víctimas. En la Unión Soviética de Stalin (recuerden a Koestler), el arrepentimiento tras la traición se podía considerar doble traición. Y así sucesivamente.

Si una expresión define bien el tiempo presente es la llamada a asaltar los cielos: existe un ideal sociopolítico determinado y algunos de quienes se han mantenido fieles a la utopía parecen haberse cansado de esperar, así que están dispuestos a pasar a la acción. Para un servidor, y a título particular, sería deseable que a tenor del desarrollo cívico de las sociedades contemporáneas las corridas de toros quedaran relegadas a esferas cada vez menos relevantes hasta su desaparición. Y quiero pensar que éste es un argumento moral que podría defenderse de manera razonable y sobre el que se podría discutir de forma sosegada. Ahora bien, si una convicción al respecto convierte este argumento en verdad absoluta, por encima del derecho de las personas a no estar de acuerdo, lo que se justifica no es tanto el mismo argumento como la tiranía. Condenar a alguien no sólo por pensar como no nos gusta, sino por no arrepentirse, entraña una evocación de las purgas, del adoctrinamiento, de la reeducación y de todo lo peor que la especie humana ha sido capaz de engendrar. Y hay que decir de una vez que el cielo no se puede asaltar a cualquier precio.

Insisto, no soy muy taurino. Pero si éste va a ser el mecanismo para convencer, me encontrarán justo enfrente. Éste es mi precio.

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