Quousque tamdem

Luis Chacón

luisgchaconmartin@gmail.com

El 11 del 11 a las 11

Sólo la Europa unida garantizará a las nuevas generaciones un futuro de democracia y paz

Aquel once de noviembre de 1918 amaneció con la esperanza en los corazones. Desde las claras del día, soldados y oficiales tienen los ojos fijos en las manecillas de los relojes que avanzan con una morosidad insufrible. Pero nadie se mueve. Cuatro años enterrados en el barro de las trincheras, cuatro años de sufrimiento, cuatro años de dolor y muerte los han hecho desconfiados. En los últimos minutos, un espeso silencio recorre miles de kilómetros de trincheras, abiertas como una herida sangrante a lo largo de Europa. Cuando por fin dan las once, un rotundo clamor de alivio atraviesa el frente, desde los Vosgos hasta el Canal de la Mancha. Los gritos de alegría se escuchan a decenas de kilómetros. Muchos recordarán, años después, como la noticia de la ansiada paz llegó a la retaguardia con ese lejano rumor que escondía un estertor de vida. Pocos sabrán en aquel momento que apenas dos minutos antes de que las campanas de la iglesia de Ville-sur-Haine repicaran a gloria, un francotirador alemán había abatido a un soldado canadiense que se acercaba a recoger un ramillete de flores que le ofrecían unos niños. El mal en estado puro y gratuito. La última víctima de la Gran Guerra se llamaba George Price.

En plena madrugada, en un vagón de ferrocarril y en un claro del bosque de Compiègne, el Imperio Alemán había firmado el Armisticio que ponía fin a una guerra que empezó con el magnicidio de Sarajevo y acabó con el imperio secular de los Habsburgo y la Rusia de los zares. Europa se desmembró y a la generación siguiente la cercenó el desencanto, el nacionalismo desaforado y los totalitarismos populistas. El horror, el dolor y la sangre de otra guerra volvieron a asolar el Viejo Continente.

Un siglo después, la Europa unida, nacida de los escombros humeantes de la II Guerra Mundial no puede permitirse el lujo de caer de nuevo en la trampa de los nacionalismos excluyentes, los fascismos disfrazados de patriotismo o los comunismos ocultos tras la piel de cordero del progresismo. Europa nunca será el problema, siempre será la solución. Más Europa es más libertad, más progreso y más igualdad. Sólo la Europa unida garantizará a las nuevas generaciones un futuro de democracia y paz.

Ojalá las amapolas sigan siendo el símbolo del Día del Recuerdo y nunca más tengamos que recitar emocionados cómo en los campos de Flandes, se agitan las amapolas. Entre las cruces, hilera sobre hilera…

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