El lanzador de cuchillos

175

Mi homenaje por los guardias civiles que se jugaron la vida por la libertad y seguridad de todos. Incluidos sus asesinos

Juan Carlos y Eduardo cenaban poco antes de las doce de un miércoles de octubre en el bar El Puente del barrio donostiarra de Eguía. Dos encapuchados, tras romper los cristales de la ventana del establecimiento, les dispararon por la espalda. Murieron en el acto.

A Manuel lo acribillaron a balazos en Zaráuz, un sábado por la tarde. Unos minutos después, un adolescente y su novia apartaban, con el corazón acelerado, a quienes se arremolinaban en torno a su cuerpo sin vida. El muchacho era el mayor de sus seis hijos.

Ricardo fue tiroteado cuando esperaba a Caro y Ricky a la salida del colegio. Un individuo, al que acompañaban otros dos, se bajó de un taxi robado y disparó contra su coche. El asesinato fue presenciado por muchos alumnos, incluidos sus hijos, a los que acababan de dar las notas de fin de curso.

Hace unos años asistí, por casualidad, en Guadix, a una jornada de puertas abiertas que se desarrolló en la Plaza del Ayuntamiento, con motivo de las celebraciones de la Patrona de la Guardia Civil, la Virgen del Pilar. Más de una treintena de agentes mostraron al público, mayoritariamente integrado por escolares, cómo trabaja el Instituto Armado en distintas situaciones: simularon un accidente de tráfico, la detención de unos narcotraficantes y hasta la detección y desactivación, con un perro y un robot, de un paquete-bomba. Vi en las caras de aquellos guardias jóvenes reflejadas las de los que murieron en la Plaza de la República Dominicana de Madrid. Y me acordé de cuántos guardias como ellos, muchachos de familias humildes, que en Guadix recibían el cariño de la gente, habían sufrido el rechazo, la soledad y el odio en el norte opulento; cuántos habían encontrado la muerte, de la forma más cruel, por defender el orden constitucional. Y cuántos no habían podido descansar en paz ni después de muertos: velados clandestinamente por sus familias, homenajeados de urgencia en los patios traseros de los cuarteles electrificados, la muerte no es el final, el himno nacional, el coche fúnebre y a toda prisa para el sur, como apestados…

Me acordé de todo eso mientras confraternizaban con la gente del pueblo y, como los escolares de Guadix, grité "viva la Guardia Civil" y aplaudí hasta que me dolieron las manos. Este año, el benemérito cuerpo celebra el 175 aniversario de su nacimiento y servidor, que es un ciudadano agradecido, quiere rendir el modesto homenaje de esta columna a quienes se jugaron la vida, y muchas veces la perdieron, por la libertad y seguridad de todos los españoles. Incluidos sus asesinos.

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