El cinco a las cinco

Esto que anda suelto nos roba, además de la salud, la alegría de quien nos sigue relatando historias tremendas

Hay en Granada un dolor hondo y antiguo que vaga, etéreo e invisible, por las sombras de los jardines y por el agua nocturna de las fuentes. Un dolor íntimo, en todo tiempo presente, que permanece en el aire y sobre la tierra fértil, ubérrima, de la vega y en las peñas de las sierras circundantes. Es ese hálito de tristeza extraña, casi indefinible que forma parte de su romántico carácter. Porque no hay ciudad más romántica que ésta, en la que se unen, indisolubles, la belleza y el abandono de si misma.

Si es en medio del tórrido verano de este sur peninsular, cuando se rememora la muerte de Federico, por traicioneras balas, a manos depravadas y asesinas, con nombres que merecen la losa eterna del olvido y del desprecio, como diques necesarios para el odio es, en estos días de plena primavera granadina, en los que se celebra el goce, la alegría del nacimiento, que fue un día cinco -de junio- a las cinco de la tarde, en aquella sala baja de la casa fuenterina, junto al patio empedrado, cerca del pozo en el que cada noche se baña la luna al son de las nanas y al lado mismo de la yedra fresca, trepadora eterna de enjalbegadas tapias cuando, muy seguramente, nadie transitaba por las calles, inundadas de pleno por el sol y el aire alegre con olor acre a tabaco nuevo, mientras florecían las macetas de doña Vicenta, acompañándola en el parto de la nueva vida, en aquella tarde en la que nació el más grande poeta de Granada.

Esto que anda suelto nos roba, además de la salud y hasta la vida a muchos, la alegría, también y la feliz celebración de quien, aún hoy, al cabo del siglo largo que cumpliría, nos sigue relatando historias tremendas de heroínas de la patria y del amor, de sangrientas, incontenidas pasiones y odios profundos y ancestrales, ingenuas y deliciosas historietas de divertidos chacolines, que se mueven al son de los sueños de los niños y también de los mayores, descripciones sorprendentes y profundas del duende primitivo del flamenco, en medio de romances y cantes gitanos por palos jondos, rasgueo de guitarras por risas y bulerías, ritmo acompasado de palmas y palillos y chocar de vidrios con vinos generosos en el nocturno, telúrico y secreto Sacromonte. Federico nos describe, eternamente, los brillos y las faenas imposibles de un diestro culto y vertical que, como si fuese un dios pagano de antiguos tiempos, vierte su sangre en punzante ceremonia y muere en la arena circular del infinito planeta de los toros, al filo mismo de su muleta prodigiosa, con un traje de luces apagadas por el luto negro y la tristeza. Sí, aún hoy, podremos celebrar con alegría el nacimiento del genio desbordante, del poeta extraordinario, del amigo sonriente. ¿O no?

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