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El lanzador de cuchillos

Bernabéu, tres de la tarde

¡Quién sabe cuánto durará lo del Granada! Lo que sí sé es que si vuelven a venir mal dadas, allí estarán, irreducibles, los filipinos

Sábado. Tres de la tarde. Bernabéu. Mientras subo las escaleras, buscando la zona vip a la que me ha invitado una amiga, me viene nítidamente a la memoria aquella tarde de hace trece o catorce años en la que, en un pueblo del hinterland granaíno, un aficionado local intentó introducir un paraguas por el culo al jugador del Granada que se disponía a botar un córner. Eran los tiempos de la épica, por decirlo suavemente; cuando el Granada no jugaba partidos de fútbol, sino que se enfrentaba a duelos a vida o muerte. Cada partido ganado en aquellos campos infames de Tercera era una bola extra que alargaba, sin saber hasta cuándo, la partida. Lo viví desde dentro -gracias, Paco- con un grupo de amigos que se empeñó en mantener viva la llama de un club que por entonces cumplía setenta y cinco años herido de muerte.

Todos se han subido ya al carro, pero en aquella época el club rojiblanco tenía muchos enemigos. Dentro de Granada, quiero decir. Lo contó, con pasión y rigor,el poeta Fernando Valverde en su libro No vuelvas a decir que es imposible: "En cualquier lugar del mundo apoyar al equipo de la ciudad, a un equipo fundado en 1931, habría sido digno de elogio y de orgullo. En Granada, la ciudad donde se fusiló a Federico García Lorca, tal vez el mayor poeta de nuestra lengua, las cosas suceden siempre con el paso cambiado".

El itinerario del Granada CF ha estado jalonado de angustias y de urgencias. Se ha pasado casi toda la vida pidiendo la hora: en el terreno deportivo y en el institucional. Han sido pocas las tardes de gloria. Me lo decía el otro día Jorge Bustos en un mensaje de WhatsApp de tono veladamente admonitorio: "Apura estos dulces momentos". Es verdad, ¡quién sabe cuánto durarán!, pienso mientras me acomodo en la sala de hospitalidad y una azafata me pregunta qué quiero beber. Lo que sí sé es que si vuelven a venir mal dadas, allí estarán, irreducibles, los que queden de aquellos tres mil aficionados que nunca se rindieron, los que se atrincheraron para defender su memoria como los héroes de Baler. Los filipinos de Los Cármenes, benditos chalados, ejemplo de decencia y de fidelidad a unos colores. A uno de ellos me lo encontré hace unos días en el Zaidín. Le pregunté si vendría a Madrid y me dijo que no podía pagárselo, que seguiría el partido por la tele en algún bar del barrio. Ese tipo se merece ver al Granada en lo más alto. Porque siempre supo que no era imposible. "Una cerveza, señorita, por favor". A la salud de mi equipo.

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