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Luis Chacón

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Boris en Hyde Park

A diferencia de lo que defendió Darwin, la evolución humana tiene algunas fallas incomprensibles

Fue ver al nuevo premier británico y recordar a don Fermín Camacho cuando, en clase de Derecho Romano, abordó la sucesión de Septimio Severo. "Como comprenderán, con un hijo llamado Caracalla y otro Geta, la decadencia del Imperio era inevitable". Y es que Boris no es nombre para un primer ministro británico. Y eso que, si buceamos en su biografía, no cabe duda de que el nombre es lo más aceptable de un personaje que, al menos, se apellida Johnson.

Cuando Isabel II subió al trono, una leyenda viva ocupaba el 10 de Downing Street. Nada menos que Churchill. La única ocasión en la que, a lo largo de casi setenta años de reinado, ha roto el protocolo fue en el funeral de sir Winston en la Abadía de Westminster. Al viejo león le siguieron figuras excepcionales del partido tory; sir Anthony Eden, Harold McMillan o Lord Douglas-Home, que renunció al título de conde para acceder a un escaño en los Comunes, ya como primer ministro. Edward Heath, por los conservadores y Harold Wilson y James Callaghan por el laborismo dieron paso a Mrs. Thatcher, la primera mujer en presidir un gobierno democrático que, junto a su sucesor, John Major, rompió el tabú de que los primeros ministros tories no podían provenir de la clase media. Tony Blair y Gordon Brown, representantes de la tercera vía, esa socialdemocracia dialogante con el liberalismo clásico, han sido los epígonos del laborismo británico. Y al final, la obsesión de David Cameron por los referéndums provocó su dimisión, la ascensión y caída de Theresa May y la eclosión del populismo conservador en la figura desopilante, bravucona y algo ridícula de Mr. Johnson, más propia de un orador del Speakers' Corner que del atril del número 10.

Durante el período de entreguerras, el caricaturista David Low popularizó al coronel Blimp en su tira cómica del Evening Standard. Un personaje nacionalista, conservador hasta la médula, algo reaccionario y jingoísta que pontificaba sobre la política del imperio, desde la comodidad del baño turco del Club de Oficiales y ajeno a la realidad social que bullía en las calles. El blimperismo acabó siendo sinónimo de aquello que tan bien definió Harold McMillan cuando dijo que deberíamos usar el pasado como un trampolín y no como un sofá. Imagino que la reina ha debido pensar, sin perder su protocolaria sonrisa, que a diferencia de lo que defendió Darwin, la evolución humana tiene algunas fallas incomprensibles.

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