La ciudad invisible

César Requeséns

crequesens@gmail.com

Capitalismo social

Vivimos en un ilusorio control de lo propio que se evidencia al ver lo anónimo y predecibles que somos en nuestros hábitos

En este mundo que sufrimos, habitado por esta caterva de 'individuos S.L.' y 'egocéntricos S.A.', la ilusión de la individualidad se diluye a poco que observes el comportamiento de la masa, ese mar movido más por corrientes ajenas a la voluntad de las gotas o personas que la integran.

Vivimos en un ilusorio control de lo propio que se evidencia al ver lo anónimos y predecibles que somos en nuestros hábitos. Cosas del neuromárqueting y la psicología digito-comercial. Entramos y salimos de las redes sociales por un móvil absolutamente nuestro y sin embargo igual al de todos. Lo personalizamos con detalles según nuestra personalidad pero son todos igualitos y, ese es el truco, todos sintiéndonos tan distintos del vecino con objetos de venta masiva que nos hacen sentir únicos siendo a la vez absolutamente vulgares por lo que de común y anodino tiene hacer, vestir, consumir y realizar sin relieve particular.

Es la paradoja de este capitalismo socializador del consumo en el que, metiditos en nuestro minúsculo cajón, creemos que nos hacemos dueños de nosotros mismos. Basta con ver los flujos del turismo masivo para identificar, por ejemplo, los destinos donde va casi todo el mundo por agosto, mes en el que 'la gran mayoría' escoge (o le imponen escoger) sus vacaciones. Media Granada en su costa, media España en Roma y la otra media entre Lisboa, París, Londres, Amsterdam o Norte de Marruecos. Experiencias tan particulares las vividas como idénticas a las de millones de conciudadanos que guardaremos unos días en el móvil hasta verlas por Navidad, la otra pausa de esta gran carrera nadeante que empuja la maquina productiva.

Hasta los que se quieren diferenciar cumplen patrones fácilmente predecibles. Son rebeldes en su consumo pero no en las bases sobre las que asientan sus vidas. No es tan fácil ser original. El gran capital recopila nuestra info a diario y ha entendido que la gran fraternidad mundial era la del bolsillo. Solo faltaba que la máquina productiva del primer mundo encontrara la bicoca de la deslocalización de empresas para poder tener esclavos del tercer mundo para abaratar los productos y hacerlos sociales, para que el lujo que antaño era un sueño nos alcance ahora a todos por igual, nos asemeje y nos adormezca en esta gran fantasía ultra liberal.

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