Cerrar pueblos y conventos

Puede costar aceptarlo, pero está claro que, en el transcurso del tiempo, todo cambia, incluso a distintas velocidades

A muchos puede costar más o menos aceptarlo, pero está muy claro que, en el transcurso del tiempo, todo cambia, incluso a distintas velocidades. Por ejemplo, en los últimos decenios las migraciones del campo a los pueblos y ciudades vinieron a dejar vacías las casas de labor en sierras y campiñas. Casi fantasmales los cortijos de Andalucía, muchos de ellos los hemos visto, a lo largo del último siglo, desde el ambiente de completa actividad agraria hasta llegar a convertirse en fantasmales edificaciones a las que, invierno tras invierno, se les han venido abajo las cubiertas de árabes tejas, dejando paso franco a los espectros de la ruina y del olvido.

En los últimos cien años, por remitir a una cifra redonda, el mundo, las costumbres, las creencias, los modos de relacionarnos, los negocios, la sociedad en todas sus manifestaciones han experimentado tantos o más cambios que en los tres o cuatro -o cinco- siglos anteriores juntos. Luego, de los pueblos más pequeños se ha ido migrando la población, y los fantasmas, los espectros de la ruina que antes se fueron apoderando de las casas de campo, se emplean ahora en distribuir la soledad y el olvido en muchos lugares en los que ya o no vive nadie o sólo quedan aquellos que, por edad, luchan poco y sueñan menos.

Decía Granada Hoy, edición de ayer, que en el antiguo monasterio de Madre de Dios, en aquella nobilísima y tan granadina ciudad de Huéscar; la que mantuvo una guerra acallada durante más de cien años con alguna potencia europea, pero extranjera; se dijo, a las seis de la tarde, la última de las misas de las que comenzaron a celebrarse en aquel cenobio dominico cuatrocientos cuarenta y tres años antes, es decir desde su fundación en 1576. Y camino de medio milenio más tarde, la pobre madre abadesa y su comunidad -total tres monjas- se veía en la triste y dolorosa tesitura de cerrar ese recinto sagrado que, como otros muchos, muchísimos, hoy están vacíos de espíritu y alforja, de vocaciones y de modus vivendi para quienes, aún habiendo intentado allegar recursos materiales de las dulces formas que ellas saben hacer, les ha quedado, al cabo, la amargura de verse en soledad, en esos pueblos cada día más solos, con una demografía menguante económica y espiritualmente.

Decía el Refranero en otro tiempo que frailes y monjas, del dinero, esponjas y mañana, muy pronto, no se podrá decir Burgos la cabeza, Sangüesa el pie, de convento en convento, todo lo andaré, pues quedarán, tristemente, muy pocos. Risa de diablillos y goce para anticuarios. ¿O no?

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios