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De Cervantes a París y elecciones a la vista

Ayer el 'Día del Libro', oliendo aún el aire de Europa a cenizas de un símbolo esencial de la cultura de occidente

Apenas hace unos minutos tenía entre mis manos un curioso documento facsímil, en el que un tal Miguel de Cervantes Saavedra solicitaba el superior permiso y autorización para poder imprimir un libro que había escrito, intitulado El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Bajo unos renglones escritos con una caligrafía regular por apresurada, su nombre venerable -admirable- venía a sujetarse sobre una modesta ménsula de enredada tinta sepia, por el transcurso del tiempo, propia de un escritor sin especiales ni desmesuradas pretensiones. Él, Miguel de Cervantes. Hoy el mundo de las letras lo sigue idolatrando en los cinco continentes.

Parece que debieron concederle el superior permiso y autorización que entonces pedía, pues la semana pasada pude disfrutar in situ, en la biblioteca de Órgiva; pueblo capital de la granadina y mágica Alpujarra; de la impresionante colección que allí conservan con cerca de ochocientas ediciones distintas y de lugares distantes y en más de setenta idiomas de la apasionante historia y andanzas del Ingenioso Hidalgo de natural manchego, desde facsímiles de la edición príncipe -de la primera parte- hasta una, impresa en un cuerpo de letra aún más pequeño que el de la microscópica realizada por Saturnino Calleja a inicios de la pasada centuria, contenida ésta de Órgiva en una sola carilla de media resma y que para poder ser leída, se precisa de un cuentahilos de impresor curioso, cuidadoso y exigente.

En medio de estas dos cervantinas circunstancias, la desgracia inmensa y dolorosa del incendio catedralicio y medieval de Notre-Dame, en un París horrorizado de nuevo -aunque ahora y por suerte sin víctimas humanas- al borde mismo de un Sena urbano, que debió inspirar locas ideas a un Trump que invitaba -inconsciente- a sofocar la enorme hoguera, empleando medios aéreos. Menos mal que los franceses estuvieron lúcidos -prácticos- para no hacerle caso, una vez más… Aunque se hundió la gótica aguja que señalaba al cielo.

Ayer el Día del Libro, oliendo aún el aire de Europa a mojadas y doloridas cenizas de un símbolo esencial de la cultura de occidente. Qué tristeza tan contundente desgracia de la historia, del arte y la memoria. ¿Podrá ser premonición de algo peor?

Mejor no pensar, dejar que el tiempo transcurra, suave como las aguas del Sena y estas de abril que bajan del cielo, hasta el próximo domingo en que habremos de votar otro gobierno. Yo no votaré a la izquierda. Estoy cansado de paro creciente y demagogia envolvente. ¿O no?

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