La ciudad invisible

César Requeséns

crequesens@gmail.com

Científica tirana

Lo que nos importa es ponernos buenos, sea con un chamán, un médico de familia o un curandero

Nos quedan muchas rebeldías por transitar. Cada época alumbra sus dogmas que generan una normalidad con la que no siempre comulgas. Una de ellas es esta ola de lo sano por todas partes, de tal modo que sacar un cigarrillo y darle unas caladas ya te hace concitar miradas de reproche. De aquí a poco puede que acabes en el calabozo, porque el pensamiento talibán se agazapa detrás de cualquier máscara, incluso la de la virtud más saludable.

Otra no menos tiranía es la del paradigma científico. Todo lo que no demuestra la ciencia es anatematizado y despreciado en este mundo-máquina, ya sea Dios o el ronroneo misterioso de los gatos. Incluso se crean ya listas negras sobre la forma en que prefieres curarte tus dolencias varias. Si no es con un médico al uso, esperando colas y a base de pastillas, pues mal vas. Puedes ser ilegalizado de aquí a poco, si prosperan las leyes que impulsa nuestro ministro astronauta, último cruzado contra las terapias complementarias.

Miguel Bosé se ha rebotado y le tacha de venderse a las farmacéuticas queriendo cargarse desde el Tai Chi hasta el pilates o las bondades de la cromoterapia.

Una manada de intereses médico mercantiles respalda sus tesis. Pero, curiosamente, millones de usuarios de otras formas de curación fuera del paradigma demuestra que es el paciente quien tiene la última palabra.

Muchos creemos que nos matamos o nos curamos como nos da la real gana. Astronautas aparte, lo que nos importa es ponernos buenos, sea con un chamán, un médico de familia del seguro o o un curandero de la Alpujarra. Es decir: déjennos en paz con nuestro yoga o nuestro estretching disfrutar de la bionergética o quitarnos los vértigos con bolitas azucaradas homeopáticas.

En Francia estos tratamientos diferentes los paga una seguridad social a la carta. Y eso es bueno. Tú eres el que se muere o se cura, así que el enfermo será el que decida, incluso a sabiendas de que el efecto placebo puede ser la misma cura.

En lugar de dedicarse a estas quemas de brujas bien podrían ponerse a humanizar los hospitales, tan necesarios como esos otros recursos de la salud que al menos te dan paz y personas que te escuchan y te dan una opción a la esperanza, esa maravillosa fuerza del espíritu que tanto y tantos males del cuerpo y la mente cura.

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