Quosque tamdem

Luis Chacón

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Ciudadanos, no súbditos

¿Cuántas veces depende de a qué lado de la acera vivas para pagar más o menos IBI o impuesto de vehículos?

El Bill of Rights de 1689 obligaba al rey a no crear ni eliminar impuestos sin la aprobación del Parlamento Inglés. Esa norma es la base de la democracia liberal. Los mismos principios inspiraron, un siglo después, la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano y con igual argumento, los colonos americanos le dejaron claro al gobierno de la metrópoli que no hay impuestos sin representación política. Porque el ciudadano libre está dispuesto a ceder al estado una parte de la riqueza que genera con su esfuerzo pero sólo si se le garantiza que se usarán de acuerdo a las leyes, sin arbitrariedad en la recaudación, tratando con igualdad a todos los ciudadanos y sobre todo, que dispondrá de las mismas garantías en sus litigios con el estado que las que disfruta cualquier reo criminal.

La llamada Declaración de Granada no descubre nada nuevo. La negociación de los Presupuestos Generales del Estado lleva decenios celebrándose en una mesa de casino en la que si tienes el as en la manga limpias la banca. Lo han hecho los nacionalistas catalanes y vascos durante años y ahora quien pone la guinda es el diputado canario que, aunque concurrió coligado con el PSOE, está haciendo el agosto con la fuerza que le da disfrutar del voto decisivo. Tener un ministro, un consejero, un diputado provincial o un concejal hace más por el pueblo del susodicho o por su barrio que la necesidad real de cualquier inversión o infraestructura. Y eso, en español, tiene un nombre: caciquismo. El cantonalismo de nuestro sistema fiscal es ineficiente e injusto y si analizamos el municipal, acabamos cayendo en la melancolía. ¿Cuántas veces depende de a qué lado de la acera vivas para pagar más o menos IBI o impuesto de vehículos? Descentralizar no era esto. Era acercar la administración al ciudadano, no resucitar los reinos de taifas o los cantones decimonónicos.

Hoy, en cuestiones fiscales, el gobierno abusa del Decreto Ley, obviando a las Cortes. Otorga amnistías fiscales con la misma displicencia que Luis XIV perdonaba a sus amigos. El más cruel de los terroristas disfruta -como no podía ser de otra forma- del derecho a la presunción de inocencia que al contribuyente se le niega. Y además, el uso de los fondos públicos es tan discrecional que recuerda los peores tiempos del turnismo. La única revolución que necesitamos es la liberal. La que nos hizo ciudadanos y acabó con los súbditos.

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