Quizá el motivo por el que a los granadinos les guste tanto perderse en el Albaicín sea porque sus calles son las únicas que no están pensadas para que pasen coches, motos o autobuses. Granada no ha pasado a la fase 1 pero goza de una relativa semilibertad marcada por los horarios, que explota cuando dan las ocho, o si así lo estima la Junta de Andalucía en los próximos días, a las nueve de la noche. Es cuando quien no trabaja puede salir de casa, el que teletrabaja se despeja paseando, y quien hace deporte se pone al lío, y esto ha llenado las calles de personas que tienen casi imposible guardar la distancia de seguridad. Granada lleva dos fines de semana así, con lo que ha habido tiempo para, de quien dependa, darse cuenta y cortar al tráfico las calles del centro más estrechas. En Reyes Católicos o Recogidas, sin ir más lejos. Una calzada vacía y aceras casi a codazos y contagios. Peatonalizar es una palabra con la que se llenan la boca los políticos pero que cuesta desarrollar. Ahora es el momento y seguimos con un modelo de movilidad anclado en los setenta, con una ciudad impersonal pensada más para motores de explosión que para corazones sanos y pulmones limpios. Que ahora hacen mucha falta.

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