Postrimerías

Clandestinos

Defender una formación espiritual que merezca ese nombre es más que nunca otra forma de resistencia

Tenemos a Juan Antonio Rodríguez Tous, de quien pronto conoceremos un pequeño gran libro a la altura de su talento, por una de las cabezas más lúcidas de su generación, surgida de aquel fecundo semillero que fue la revista Er, fundada a mediados de los ochenta por un "círculo clandestino de librepensadores" que han brillado desde dentro o en los márgenes de nuestra desmedrada vida académica. No es tiempo todavía de hablar in extenso de su memorable Hegel para legos, donde el también fotógrafo y cameraman -Nono es hombre inquieto y novelero, uno de los pocos tecnófilos que conocemos al que los estupefacientes artilugios de nuestra época no le han sorbido el seso- y en los últimos años buceador, literalmente inmerso en otra clase de profundidades, ha sintetizado largas décadas de dedicación a la ardua lectura del "último de los grandes ilustrados", pero al hilo de sus espléndidas páginas, de las que hemos disfrutado los pasados días sanctos, tal vez convenga recordar, con ánimo no lastimero sino decididamente combativo, todo lo que vamos perdiendo conforme se ensancha el corte que nos ha llevado -o ha llevado a las luminarias que inspiran las políticas educativas- a desterrar los "saberes inútiles". No sólo por su merecida fama de autor enrevesado e inextricable, Hegel no ha sido un filósofo, aunque siempre de algún modo presente -no en vano se lo ha llamado el "contemporáneo clandestino"-, de los que gustan a los vendedores de recetas salvíficas, tan dados a descontextualizar el pensamiento de los clásicos para mal resumirlo en consejas aprovechables. Como afirma Rodríguez Tous, es un filósofo incómodo cuyas sólidas ideas, "nada edificantes", son "completamente inservibles para los manuales de autoayuda". Los legos en la materia apenas podemos acceder a sus intrincadas especulaciones, de ahí la oportunidad de una exégesis que nos lo acerque hasta donde ello es posible, para valorar la grandeza de la célebre tríada formada por el Arte, la Religión y la Filosofía -con las mayúsculas del Espíritu Absoluto- o de conceptos como la "libertad racional", tan ajeno al sentimentalismo de la hora. Es un universo mental a la vez lejano y vigente, que como explica el ensayista encarna de modo ejemplar el formidable tránsito del opinar al saber, justo el camino inverso al que han elegido todos esos demagogos cuyo escaso sustento teórico -para no hablar de la escuálida praxis- no les impide pontificar acerca de cualquier asunto. Defender hoy no sólo una Bildung o formación espiritual que merezca ese nombre, sino también los gozos asociados al placer intelectual, es más que nunca otra forma de resistencia.

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