Gafas de cerca

josé Ignacio / Rufino

Él, Claudio

DE vez en cuando uno se reconcilia con la vida gracias a un David que le pega una buena pedrada al gigante Goliath. La metáfora de la vida que es el fútbol te proporciona con cuentagotas ese tipo de placer igualitario, tan necesario para que la existencia no sea eso que sucede mientras domina el más fuerte. El Leicester -que se pronuncia Léster, conviene ya ir sabiéndolo- es un equipo modesto de la liga inglesa que cuando esto se escribe está a punto de proclamarse campeón de la Premier, el campeonato nacional que concentra la mayor cantidad de dinero del balompié mundial y cuenta con equipos históricos que cotizan en bolsa, como el Manchester United, y otros hechos a base de talonario de plutócratas árabes o rusos, como el Chelsea o el City. Hace unos meses, nadie en su sano juicio osaba imaginar que un plantel formado por jugadores sin ningún renombre, casi una comparsa, pudiera conseguir tal logro. De la mano de un entrenador, Claudio Ranieri, ya sexagenario y ajeno al insoportable postureo de otros, como Pep Guardiola. Ranieri, un motor perkins del vestuario y el banquillo, acreditado a base de oficio, que ha entrenado a la Juventus y al Inter pero también al Cagliari. Uno de esos que hace grande a un mediocre, al contrario de esos a quienes el destino ha regalado la dirección de un Bayern o un Barça a los que les pones el piloto automático y te ganan tres títulos al año.

Pues bien, el Leicester va a ganar su liga contra todo pronóstico. Los pronósticos son precisamente una de las economías más pujantes y millonarias del mundo digital contemporáneo. Las apuestas de todo tipo no son ajenas al fútbol, claro es. Nunca lo han sido. La quiniela futbolística es un clásico sólo comparable en su predicamento y volumen de negocio a la lotería nacional. También ha sido un panal de rica miel al que se han arrimado los mangantes, con especial notoriedad de compatriotas de Ranieri; recuerden a ese Paolo Rossi y algunos otros detenidos en pleno día de partido por amañar partidos en el escándalo del Totonero, allá por 1980. Ahora, la honda del pequeño Leicester ha atinado en toda la frente de los nuevos dioses digitales de la apuesta. Que ellos ganaran la liga era tan improbable como un 5.000 a 1, o sea, algo que se pagaba mejor que el hecho de que apareciera el monstruo del Lago Ness o que Elvis Presley estuviera vivo en Marbella. Las grandes casas de apuestas van a perder una millonada que les va a cimbrear las rodillas. Honor a Claudio Ranieri y su modesta gran tropa.

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